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Colegio de Tlatelolco: Biombo de la muy noble y leal Ciudad de México, Anónimo, Museo Franz Mayer.


I. ¿Nahuatl? ¡Claro!

II. Pfff…

III. Corre un rumor…

IV. Cambia el viento

V. Un borrón

VI. El sol…

VII. La insostenible fugacidad del bien

   
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I. ¿Nahuatl? ¡Claro!
   
 
 

Códice Florentino, lib. X, f. 19r.

 
   
 
   
 

Ya se había acabado la comida y todos se disponían a salir del comedor del convento de Santiago, en Tlatelolco. Fray Arnaldo de Basacio iba para la biblioteca con Hernando y Esteban dos colegiales a quienes quería enseñar el nuevo compendio de las Fábulas de Esopo que los frailes franciscanos acababan de adquirir. Los detuvo el ruido de una pelea, afuera. Una voz, agudísima, dominaba el tumulto.

¡Ca huel nâhuatl! —comentó Hernando en voz baja.

Se había dirigido a su amigo, oriundo de Tezcoco tanto como él, en su idioma materno que los frailes llamaban lengua mexicana o nahuatlatolli «lengua náhuatl». Esteban, en respuesta, hizo rodar, como por inadvertencia, un bote de estaño vacío que estaba en la mesa. Resonó el bote. Hernando sonrió, cómplice. Una vez fuera, fray Arnaldo se detuvo y los miró, interrogante.

—¿Huel náhuatl? —les preguntó.

Arnaldo de Basacio no había entendido. Tenía un buen conocimiento del idioma mexicano porque muchos lo hablaban en el convento de Santiago, fueran o no oriundos del país. Pero no era su idioma materno y, aun cuando dominara la gramática, el léxico se lo había apropiado mediante los intercambios que animaban la pequeña sociedad constituida por los franciscanos, por los colegiales y por los habitantes de los alrededores que colaboraban con ellos. Las palabras habían evolucionado rápidamente en este paso constante de un idioma al otro. Así, para ese francés, la palabra náhuatl equivalía a «claro», es decir «comprensible».

Nâhuatl, o sea estridente como el sapo que se llama cacatl, uno que canta mucho más que las ranas —le explicó Hernando.

—Y tan desagradable como la voz de las nueras vocingleras, esas gritonas que hablan mucho y en voz demasiado alta —añadió Esteban.

—¿Ah sí? —se asombró Fray Arnaldo—. Entonces ¿la palabra náhuatl indicaría un sonido desagradable?

—Por cierto, la voz que acabamos de oír, ésa, sí lo es: alta y desagradable. Pero las más de las veces, no. Puede ser clara y agradable: depende del contexto, pero digamos que se trata siempre de un sonido que se oye desde lejos.

—¡Pero, vamos, náhuatl, bien sé lo que quiere decir, es una palabra corriente! —se asombró Basacio.

—¡No tan corriente! Nosotros no la usamos mucho en nuestra lengua.

—¡Pero si todos dicen que su idioma es náhuatl! ¡Y además así lo llaman!

—Los castellanos son los que lo nombran así, Padre.

Nahuatlatoa, ¿acaso no quiere decir «hablar náhuatl»?

—Es hablar con sonidos claros —dijo Hernando, testarudo.

—¡Claro también quiere decir «luminoso», o sea «comprensible»! —se rebeló Basacio, que se aferraba a su punto de vista.

—¡No, Padre, no hablamos de manera luminosa! —dijo Esteban con una sonrisa—. ¡Es una metáfora suya, de ustedes los de por allá!

—¿Entonces nahuatlatoa, literalmente «hablar al modo náhuatl», sólo querrá decir «hablar en voz alta» y no «hablar de manera comprensible»? —insistió Basacio.

—La palabra nâhuatlahtôlli remite también a un discurso lleno de sentido, concedió Esteban. Decimos seguido, Padre, que tenemos que cuidar de no cascarnos la voz porque las voces cascadas suenan como las cosas huecas y vacías, por ejemplo una semilla de cacao dañado. Y precisamente, el que habla náhuatl no tiene la voz cascada, su palabra es fuerte y llena de sentido.

—¡Ah, pues sí! —exclamó Basacio—. Ya ven cómo acabamos entendiéndonos. Ahora vámonos a la biblioteca.

Aquel día no estaba presente Sahagún. ¡Qué pena! Hubiera dicho que ya estaban en el mero meollo del problema.

Fray Alonso de Molina, que había presenciado la escena, los miró salir. Había venido de Tecamachalco a pasar unos días en Tlatelolco.

—Sí —pensó—, esta palabra nâhuatl la he traducido por «suena como campana», así es como aparece en el vocabulario que estoy haciendo sin descanso. Y asociar, como lo hice, el sentido de la palabra náhuatl con el tañido de una campana de la iglesia quedó como anillo al dedo, pues no hay templo sin campanario, y la campana toca a vuelo para reunir a los fieles que la oyen desde lejos. La Iglesia se debe de reunir. Y si tal es el papel de la campana de la iglesia, tal es también el papel de la lengua mexicana que es la lengua general de esta Nueva España, el idioma de todos.

No tuvo tiempo de seguir en su reflexión, pues lo venían a buscar otros hermanos. Desde que, en 1555, Juan Pablos había publicado en su imprenta –la primera imprenta de América, en México– el Vocabulario en la lengua castellana y mexicana de Molina, todos buscaban su compañía. Por cierto, el impresor acababa de morir y la plática se volcó enseguida sobre el probable acercamiento entre su viuda y otro impresor, Pierre Ochart, más bien dicho Pedro Ocharte, un francés como Basacio. A Molina eso le preocupaba un poco, y lo manifestó. Con esos franceses nunca se sabía qué esperar, tenían un gusto inmoderado por el debate y además tenían una fastidiosa tendencia a burlarse de todo.

Pocos años después, Pedro Ocharte se enfrentaría a la Inquisición, delatado por uno de sus empleados. Lo habían acusado de imprimir una xilografía de la Virgen del Rosario bajo la cual aparecía un comentario irónico: ¿poco ortodoxo?

Estas cuentas son sincuenta [sic].
En valor e yficacia,
El pecador que os reza,
Jamás le faltará gracia

Ya fuera de la cárcel, Pedro Ocharte se aplicaría con el mismo afán a la necesidad de difundir el idioma mexicano, publicaría la primera gramática que existiera sobre la lengua náhuatl, la que escribió Molina. No tenía aquél por qué haberse preocupado.

 

* Esta ficción se realizó a partir de un estudio lexicográfico del manuscrito de Sahagún, conocido como Memoriales con escolios, que se encuentra en Madrid, una parte en la Biblioteca del Palacio Real y otra parte en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia.

Traducción al español: Anne Marie Pissavy. Asesoría en la redacción del texto: Ma. Del Carmen Herrera; en la edición: Ónix Acevedo Frómeta.

 

** Las extensiones vocálicas y los saltillos vienen indicados cuando hablan los colegiales, pero no cuando hablan los frailes.

   
 
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II. Pfff
 
   

 
   
   
 

Salieron por la puerta del Colegio de la Santa Cruz. Fray Bernardino de Sahagún miró a lo lejos, hacia el mercado tras del cual se esparcían las viviendas de los indios, para ver si llegaba por el camino el anciano al que estaba esperando, uno de los que el alcalde mayor de Tlatelolco había nombrado para que lo ayudara en su trabajo.

Se volvió hacia Diego, uno de los escribanos a quien le gustaba platicar con él de las antiguas tradiciones:

—Diego, este anciano vive en el barrio de Xolalpan, mientras que tú, eres del barrio de la Concepción, pero seguro lo conocerás. Pues dime ¿no sería un poco panfarrón acaso?

Códices Matritenses de la Real Academia, fol. 95v.

El joven lo miró, interrogante.

Panfarrón o fanfarrón —aclaró Sahagún.

Diego seguía sin entender. Vio la mirada del franciscano alejarse, volcarse hacia una visión interior.

Sahagún se vuelve a ver joven estudiante. Oye que lo llama  Pedro, un primo lejano suyo que fue a visitar a Valencia.

—Eh, Bernardino ¡ven a ver!

Están en una plazuela del barrio moro de El Carmen donde un narrador –se nota por su calzón y su turbante que es un musulmán– ha reunido a un público escaso. El narrador evoca a Florinda, y a Ollián, y al ifirqya Musa ibn Nusair…

—¡Este relato tiene poco que ver con la realidad de los hechos! —le comenta Pedro, y lo dice en voz baja para que el público no lo abuchee.

Bernardino le tiene una admiración sin límites a Pedro, trilingüe, especialista del hebreo y del árabe. Sigue viendo la escena como si fuera hoy.

—¡Far-far-far, far-far-far! —canturrea Pedro mirando al narrador. Se olvida explicarle a Bernardino que esta onomatopeya semeja el parloteo que dio la palabra árabe farfár, «el embustero» que está al origen de la palabra castellana fanfarrón.

¿Por qué se le impuso esa imagen? Sahagún no está muy seguro de que los ancianos de Tlatelolco designados por el alcalde sean todos testigos fidedignos. Ese viejo, con el que ya se cruzó, le recuerda la facundia de los narradores de lengua árabe a los que, en su tierra, llamaban tan seguido con el vocablo de fanfarrón. Muchos eran los de habla árabe que no sabían ni leer ni escribir pero, para lo que es contar, ¡sí que contaban! Tenían acento y la peculiaridad de no pronunciar correctamente la p y de transformarla en f. Decían Falestina en vez de Palestina.

En el seno del movimiento de Los Alumbrados, denunciados por la Inquisición por estar ligados a la Reforma, había, se acuerda Sahagún, un tal Juan de Valdés, hermano del secretario de Carlos Quinto. Sus palabras se habían quedado grabadas en su memoria: «Hay también algunos vocablos que comienzan en pan y tienen del griego como son pantuflos, pandero, panfarrón y otros muchos». Sahagún deplora que fanfarrón sea el término que ahora se vaya usando en México.

—De veras se tendría que poder conservar la forma correcta de las palabras bajo pena de perder su origen, y eso, siempre lo he pensado —cavila el fraile—. Y por cierto, en Nueva España, el castellano va cambiando de manera particularmente rápida. Bien se ve con latino, palabra de la que, por lo que me corresponde, intento hacer respetar la pronunciación. En Salamanca sólo los judíos la pronunciaban ladino, y he aquí que en Nueva España ¡todos ya vienen diciendo ladino! Es preciso decir que, por la influencia de los indios, la pronunciación se ha venido relajando mucho: transforman la p, lo mismo que la m, y sólo queda un soplo –lo lamentaba ya fray Andrés de Olmos hace años. Buena razón tenía Ambrosio Calepino: si no se conserva la memoria de las palabras de los ancianos ¡pronto ya nada tendrá sentido! Conservar la memoria de las palabras de los ancianos, ¿lo lograremos?

Esta pregunta lo devolvió a lo cotidiano, se borró la imagen, pfff… Volvió la mirada hacia Diego, que lo estaba observando. Y retomó el hilo de la plática.

Fanfarrón o mejor dicho balandrón, como se dice por aquí…

—Se podría traducir por tlaquehqueloa, «Hacer reír como haciendo cosquillas»  —sugirió el joven.

Sahagún conocía el término, se quedó pensativo. ¡Qué cantidad increíble de términos tenía este idioma para expresar la burla!

—¿Sería posible —se preguntó—, que el idioma lleve la huella del modo en que el Demonio se burla de las gentes en esta tierra?

Los frailes pronto perdonaban lo que consideraban como boberías o niñerías. Las gentes de esta tierra lo ignoraban todo de la palabra de Dios antes de la llegada de los frailes, lo cual las volvía presas fáciles para el Demonio a diferencia de los moros y de los judíos que habían rechazado a Cristo con conocimiento de causa, por herejía. ¿Por qué entonces esa imagen del moro valenciano se le había venido a la mente? No tenía razón de ser.

Una leve brisa sopló sobre ellos, jugando con la risa de Tezcatlipoca Moquequeloa.

   
   
 
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III. Corre un rumor…
 
   

 
   
   
 
   
 
   
 

Un rumor se va difundiendo como un vendaval, de boca en boca, corre por las calles, retumba en las paredes, se hace eco, es un murmullo, una voz insistente…

Cuando Bernardino de Sahagún regresó de Tepepulco se comenzó a rumorear que hacía un calepino y los que lo supieron no cesaron después de preguntarle en qué términos andaba su calepino.

Andrés, quien era lector en el Colegio, sólo tenía una lejana idea de lo que designaba ese término, calepino. Entonces, fue a ver a su viejo maestro de latín, fray Arnaldo de Basacio, y se lo preguntó.

—Lo que llaman el Calepino —le contestó el fraile—, es un diccionario de latín a latín… un trabajo imponente, de eso puedo dar testimonio, a tal punto que en Francia, para demostrar admiración por el trabajo de alguien, ya se usa el modismo conoce su calepino. Este diccionario es una ayuda inestimable para los que enseñan latín y que quieren que sus estudiantes puedan, no sólo hablar el latín tal como se habla hoy en día, sino también ser capaces de leer los autores clásicos. El autor de este diccionario, un tal Ambrosio Calepino, era un italiano de una inmensa erudición. En su diccionario, tras dar la definición de la palabra latina, facilita sinónimos y derivados; a veces, el equivalente griego. Y como si no fuera suficiente, ilustra la definición de cada palabra con numerosas citas sacadas de autores clásicos.

El entusiasmo de Basacio era tal que perdía el aliento, ya no había forma de pararlo. Sin embargo se inclinó hacia Andrés y en voz baja le susurró:

—Acaba de salir una nueva edición del Calepino que está presentada de manera mucho más clara que la primera que se leía con dificultad por el mal parecer del impreso y una presentación confusa. Bien le hubiera pedido a Pedro Ocharte que me consiguiera un ejemplar, pero es un francés, Robert Estienne, el que lo imprimió y aquel hombre se convirtió a la Reforma y se refugió en la ciudad de Ginebra, nido de un movimiento herético llamado luteranismo.

Ambrogio Calepino, Ambrosius Calepinus Bergomates professor devotus ordinis Eremitarum sancti Augustini Dictionum latinarum e greco pariter dirivantium earundemque interpretationum collector studiosissimus. Basel, 1502.

—Esos herejes ¿también se interesan por el Calepino? —preguntó Andrés, sorprendido.

—¡Nunca duerme el Diablo! —contestó Basacio, eludiendo el tema.

Andrés prosiguió como si nada:

—Pero todavía entiendo menos que se diga que fray Bernardino quiera hacer un calepino, si es un diccionario de latín a latín.

—Sabes Andrés, entre el Calepino, es decir el diccionario del que te hablo, y un calepino, es decir esto a lo que generalmente alude la gente, hay mucha diferencia y, de hecho, nunca se sabe bien de qué se habla. Creo que la mayor parte de la gente, cuando dice un calepino, se refiere a ediciones que florecieron después de la primera publicación del diccionario, versiones traducidas del latín a varios idiomas. Ya te imaginarás cuán necesarias son las traducciones en el mundo de donde nosotros venimos dado que en aquellas naciones nadie entiende ya los textos en latín clásico. Pues el latín que se habla hoy en día evolucionó mucho en relación con la lengua de los autores clásicos. Escasos son, de hecho, los que todavía entienden las citas latinas del Calepino. Por eso, muy pronto, se publicó después de la primera edición del diccionario, una nueva edición en italiano. Y después hubo otras, en francés, en castellano, en alemán, en inglés y creo hasta en polaco y en húngaro… que son otras lenguas, explicó. Por fin, puede ser que para mucha gente, la palabra calepino sólo designe un diccionario de latín traducido.

—Pero entonces ¿por qué no se dice también que el Vocabulario en la lengua castellana y mexicana que publicó fray Alonso de Molina es un calepino?

—¡Los textos, le faltan los textos! Fray Alonso de Molina no ejemplifica las palabras con citas como lo ha hecho Ambrosio Calepino. Pero ¿dónde encontrar citas de textos clásicos mexicanos? ¡Estos textos, no existen!

Ante la cara de asombro de Andrés, se corrigió:

—¡A menos que consideres que las pinturas son textos!

No lo dudaba Andrés, pero no quiso suscitar en el debate, y prosiguió:

—¡Estos textos, Fray Bernardino y los trilingües los están recopilando haciendo una versión en escritura alfabética! Pronto podremos citar también los textos de la tradición mexicana, como don Ambrosio citó los textos de autores clásicos.

Desde algún tiempo Basacio notaba que sus fuerzas lo abandonaban, ya no podía impartir sus cursos de latín a los colegiales y se pasaba el tiempo leyendo y rezando. Siempre había gente para rumorear que su interés por los debates acerca de las ideas de la Reforma era la razón de su salud claudicante y para compararlo con Sahagún quién, a pesar del temblor que lo atacaba, proseguía sin parar su tarea. Basacio sintió de repente el suelo vacilar bajo sus pies y se apoyó en la pared:

—Vete a ver a fray Bernardino y arregla esto con él —dijo a Andrés—, y se despidió.

En general, Sahagún se mostraba reacio y contestaba a los que le preguntaban qué tal iba su calepino, que no había tal calepino. Explicaba que lo que él quería, era agregar a los textos que estaban recopilando la traducción de cada palabra, en una segunda columna, frente al texto. Y, en una tercera columna, proporcionaría una traducción del texto para los que no tenían el conocimiento suficiente del idioma mexicano. Pero encontraba pesado comentar esta presentación de los textos que había inventado tras detenida reflexión. Pensaba que no se podía equiparar con el diccionario de Calepino, aun cuando la segunda columna consistiera en una lista de palabras traducidas y que estas palabras estuvieran relacionadas con textos traducidos. A la vez no podía impedir que corriera el rumor. Y además, ¿por qué había de impedirlo? Las malas lenguas favorecían, sin quererlo, su proyecto que muchos rechazaban pensando que era dar demasiada importancia a esa cultura diabólica y que otros criticaban por ser un proyecto terriblemente dispendioso que contradecía el voto de pobreza de los franciscanos.

Andrés sabía dónde encontrar a Sahagún. Se le había concedido una sala del Colegio a su regreso de Tepepulco para que trabajara con los colegiales. De ahí no salían, trabajando días y noches.

—Padre, dicen que intentas hacer un diccionario que llaman calepino, que sería un diccionario de latín que, si bien entendí, quisieras traducir al mexicano.

—Sí, Andrés, ya sé, ya sé, fray Arnoldo me habló de su conversación. Siéntate que te explique, no entendiste bien. Bien sabes que aquí la lengua mexicana permite, como sucede con el latín en Castilla, que se comuniquen entre ellas las poblaciones que hablan, sea variantes de la lengua mexicana, sea otras lenguas del país. A ustedes los colegiales, los trilingües, se les dice ladinos ¡hay que decir latinos, Andrés! tanto como, en España, se le dice latinos a los moros que saben hablar el latín. Y si se les llama así a ustedes, no es porque hablan latín, sino porque antes que todo son nahuatlato, porque hablan la lengua mexicana que es la lengua de relación en esta Nueva España.

—Pues sí, de veras, a nosotros, los nahuatlatos, se nos ocurre decir que somos ladinos en nuestra lengua castellana, pues somos farautes, intérpretes entre, por ejemplo, maya, náhuatl y castellano, o bien cuicateco, náhuatl y castellano…

—Me estabas hablando del calepino —siguió Sahagún—. Lo que te quería decir a propósito, es que, con los trilingües, queremos empezar a extraer las palabras de los textos que hemos recogido en lengua mexicana y a traducirlos. De eso se trata y no de hacer un diccionario. Corre prisa, lo exige la provincia franciscana. Es probable que te pida yo ayuda, Andrés. ¡Pero toca la campana! ¡Ven, que vamos a llegar tarde a Vísperas!

Mientras se dirigían hacia la iglesia, Sahagún oyó el eco devolverle una risa que había rebotado en la pared del fondo. Comprendió que fray Arnaldo salía para ir a vísperas y que acababa de cerrar ese libro de un franciscano francés exclaustrado, un tal Rabelais, del que Arnaldo le había hablado.

Sahagún no se había equivocado, Arnaldo había llegado a este pasaje:

¡Ehen, hen, hen! Mma dies, señor, mma dies, et vobis, señores. ¡Qué bueno sería que nos devolviesen nuestras campanas, que buena falta nos hace! Hen, hen, hasch!

Tales eran las palabras que el Maestro Janotus de Bragmardo, doctor en teología, dirigía a Gargantúa, todavía niño, para convencerle que devolviera las campanas de la catedral que, por puro capricho, el gigante acababa de descolgar. A los parisinos, furiosos por la desaparición de las campanas, el Maestro Bragmardo  les había echado un discurso en supuesto latín, y lo había hecho sólo arremedándolo, ya que casi no hablaba este idioma.

De ahí resultaban frases incomprensibles –pero el humilde pueblo de París ni se daba cuenta— tales como: Omnis campana campanabilis in campanario campanando campans campanare facit…  y acababa el discurso de Bragmardo por Valete et plaudite. Calepino recensui, es decir los mismos términos con los que Ambrosio Calepino había firmado su diccionario.

—¡No tiene sentido! —soltó Basacio y comentó en voz alta— ¡Amo nahuatl! ¡No es claro! Este discurso de maestro Janotus de Bragmardo resulta tan vacío como una semilla de cacao podrida. Y si habla de campanas, ¡sus palabras bien lejos están de resonar como una campana!

Fray Arnaldo no pudo contener la risa.

—Además —se dijo también—, resulta posible que dentro de poco lleguemos con el náhuatl a una situación comparable, teniéndolo todo en cuenta, a la que describe Rabelais para el latín: se habla náhuatl a tontas y a locas.

Apresuró el paso para no llegar tarde a la iglesia, pero siguiendo con sus ideas:

—Mendieta me comentó el otro día que la lengua mexicana no era menos galana y curiosa que la latina y aun, dijo, más artizada en composición y derivación, y también en metáforas. Pensé que exageraba cuando afirmó que su inteligencia y uso se estaban perdiendo porque el común hablar se iba corrompiendo cada día más. Me sobresalté cuando añadió que nosotros y los españoles, la hablábamos como los negros y otros extranjeros bozales hablan nuestra lengua. Y dudé cuando siguió diciendo que los indios tomaban nuestro modo de hablar y olvidaban el que usaron sus padres y abuelos. Pero finalmente me pregunto si no tenía razón.

   
   
 
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IV. Cambia el viento
 
   

 
   
   
 

—Si queremos que el capítulo de la provincia franciscana siga costeando nuestro proyecto, es preciso que le presentemos una muestra —anunció fray Bernardino a Martín, el colegial que más lo ayudaba en la recolección de la tradición en Tlatelolco.

—¿Una muestra?

—Sí, una parte de la obra tal como esté una vez acabada.

—¡Una muestra cuando estamos tan lejos de acabar la recopilación! —suspiró Martín.

La recopilación avanzaba con grandes dificultades. Las situaciones a las que se enfrentaban con la dificultad de pasar de lo oral a lo escrito eran, en efecto, tan numerosas como variadas. Muchas veces discutían las diferentes maneras de resolverlas. Estas discusiones, preferían llevarlas entre sí, lejos de los que no pertenecían a su pequeño grupo de trabajo, ya que su proyecto no recibía una adhesión general ¡ni mucho menos! Los oponentes seguían tan virulentos, si no más, y algunos de los que los habían apoyado en los primeros tiempos ahora empezaban a dudar. El viento cambia, decía Sahagún recordando a los marinos que, cuando pronunciaban esta frase, levantaban los ojos hacia el cielo para calcular un cambio de rumbo.

Una crítica, repetida sin cesar, los preocupaba particularmente: «Dado que el flujo de la palabra es tan rápido que no se puede transcribir al ritmo de la escritura, ¿cómo pueden pretender que reproduzca fielmente lo que dicen los ancianos?» Ocurría a veces que uno de los colegiales llevara al oponente al cuarto en el que trabajaban y lo pusiera ante los folletos cuyo montón aumentaba mes tras mes ¡pero resultaba peor! Pues al ver el texto, que se alargaba en el centro de la hoja como una serpiente, crecía la duda. Escasos eran los que lograban descifrar el náhuatl y esos mismos se perdían en su complejidad porque el idioma de los ancianos no les era familiar. En cuanto a los demás, la traducción atraía su atención por su ausencia. «¿Serían puro invento todos estos folletos que habían llenado?» decía entonces la mirada del que tenía los papeles delante –y algunos hasta se atrevían a decirlo en voz alta.

Y sin embargo, aquella palabra, los colegiales la reproducían con la mayor fidelidad. Pero cada sección pedía que se encontrara la solución apropiada. Así, mientras planteaban cuestiones, era siempre posible pedir precisiones al anciano, pedirle que repitiera, pararle para interrogarle. Entonces tenían tiempo para transcribir su discurso aun cuando lo hicieran a toda velocidad y en ruin letra,¡hay que reconocerlo!

A veces los colegiales se apoyaban simplemente en su memoria, la que, según los frailes, era prodigiosa —mientras los mismos colegiales pensaban que era el atributo normal de los que habían sido educados en una tradición que se difundía de manera oral y en la que la expresión oral era un arte preciado por todos. Sahagún reconocía que la colaboración de los colegiales le era indispensable, no sólo por su conocimiento del idioma sino también por su capacidad para recordar fielmente largos relatos.

Pero ocurría que el anciano se adentraba en la evocación de una leyenda. Siempre contaba de pie. ¿Se puede interrumpir a un narrador en pleno relato, cortar a un cantador que psalmodia un canto llano, o canto «plano»? El relato contado también es «plano», no soporta ni ruptura ni accidente. En ese caso, era imposible seguir con la pluma el ritmo de la palabra, ahí la memoria topaba con sus límites. De eso se habían percatado el día en que habían recogido, unos tiempos antes, la leyenda del Quinto Sol. Nadie se había atrevido a interrumpir al narrador. Y era inimaginable pedirle al anciano que repitiera luego de manera idéntica y bastante despacio para que se pudiera transcribir lo que había contado.

Martín no estaba aquel día, pero le habían contado cómo después de la sesión, Alonso le había mostrado al narrador las hojas de Tepepulco —éstas mismas que estaban hoy esparcidas en la mesa— y cómo le había explicado el funcionamiento de la escritura alfabética comparando las dos columnas, la del texto en pinturas y la del texto alfabético. «Así podemos reproducir de manera idéntica lo que Usted nos dice» le había explicado Alonso – usando las formas honoríficas, claro.

El anciano pareció quedar perplejo. «¿Qué interés puede tener el repetir un tlahtolli, un relato, de manera idéntica, pensó, ya que la belleza de la palabra cabe en el impulso, único, del que tiene la capacidad de formularla?»

Y también se había mostrado dubitativo en cuanto a la posibilidad de escribir siguiendo el ritmo de la palabra. Alonso había aprovechado para proponer demostrárselo: si lo aceptase, reproducirían su relato a partir de las hojas que Alonso le mostraba —el borrador que acababan de escribir mal que bien— y podría reaccionar cada vez que este texto no estuviera conforme con lo que había dicho. El anciano había aceptado. «Alonso, ¡nos estás salvando!» había murmurado Sahagún. Ahora poseían una leyenda de la que podían afirmar que era fiel al relato oral.

—¿En qué piensas, Martín? Había empezado a decirte que tenemos que realizar una muestra de lo que será nuestra obra una vez acabada.

A veces a Sahagún le asombraba el tiempo que tardaban los colegiales en contestarle pero estaba seguro de que no era un rasgo peculiar de los habitantes de las tierras calientes como algunos lo suponían. Frecuentes entre los frailes eran los debates sobre la naturaleza de los indios. Nadie negaba la inteligencia y los talentos de los colegiales que habían sobrevivido a la gran cocoliztli de 1645 de entre los cuales unos daban clases ahora en el Colegio. Sahagún, que sabía por experiencia hasta qué punto su colaboración le era indispensable, pensaba que si La Descarnada no hubiera diezmado a tantos alumnos suyos durante la epidemia, hubieran sido bastante numerosos para acallar las dudas en cuanto a su naturaleza.

Martín estaba recordando los primeros meses cuando había empezaro la recopilación en Tlatelolco, a su regreso de Tepepulco. Fray Bernardino le había mostrado con la mano las hojas que estaban en la mesa delante de él, los cuadernillos en que un copista había reescrito el trabajo realizado en Tepepulco. Los había hojeado hasta llegar al capítulo que buscaba y lo había puesto, abierto, ante Martín. La mirada del colegial se había detenido en las imágenes, como atraída por ellas: el sol, la luna, sus eclipses, las constelaciones.

Códices Matritenses del Real Palacio, f. 282r.

—¡Ya no quiero pinturas, Martín! —le había dicho fray Bernardino—. Lo que quiero son palabras, ya lo sabes. Bien se ve que las pinturas no representan de manera realista a las divinidades, sino que más bien sugieren, a través de signos, las diferentes palabras que se usan cuando uno las evoca.

Códice Mendoza, fol. 70r.

Sahagún quería palabras. ¡Cuántas veces había leído y vuelto a leer el Organon de Aristóteles! Era en aquella época, tan remota, en la que su tiempo no estaba totalmente ocupado por su proyecto.

—¿Quizás hayas leído el Organon, prosiguió, o más probablemente la Dialectica Resolutio de Fray Alonso de la Vera Cruz de la que hay un ejemplar en la librería del Colegio?

—¡Cuántas vigilias y cuántas fatigas he yo empleado en aprender aquellos silogismos caudatos, aquellas oposiciones impenetrables y otras mil cosas de ese jaez —le contestó Martín.

Martín había citado de memoria el prólogo de Vera Cruz en el que éste decía intentar simplificar a Aristóteles para los colegiales de la Nueva España. Este prólogo le traía a la memoria sus propios desvelos.

—Fray Alonso de la Vera Cruz pretende que en su labor, quitó todo lo superfluo de la obra de Aristóteles y que no trató de poner nada nuevo, sino de dar a lo antiguo tal orden que en brevísimo tiempo podamos nosotros, los colegiales, alcanzar el fruto. ¡Pero, Padre, si algo quitó fray Alonso de aquellas enmarañadas doctrinas, no ganaron mucho en claridad!

¡Hablo pues como un español! había pensado Martín, sorprendido él mismo por su reacción –no solía hablar con este tono. Sin embargo Sahagún había seguido tranquilamente:

—Tienes razón, Martín, no perdamos tiempo con las teorías. Aristóteles simplemente dice que listar todas las cosas señaladas por una palabra permite dar una idea de lo dicho . Pero también dice, y este punto es el que me importa como predicador, que si se señala cuáles son todos los nombres que se dan a una misma cosa , así se obtienen informaciones sobre su naturaleza.

Se había callado un rato, de tan importante como era este punto. «Las denominaciones engendran el conocimiento», le gustaba decir a sus estudiantes. Luego había añadido:

—Lo que quiero hacer es una red barredera para sacar a la luz todos los vocablos de esta lengua con sus significaciones propias y sus metáforas.

¡Qué imagen más extraña! Martín imaginó los peces atrapados en la red, sin escapatoria posible. Se preguntó ¿por qué Fray Bernardino temía que se le escaparan las palabras? ¿Se acordaría que, cuando llegaron aquí los frailes, muchos eran los que les oponían una gran frialdad y se negaban a cooperar? Al principio, estaban bien claros en su actitud de rechazo mientras hoy esconden sus supersticiones y su idolatría en lugar de oponérsenos frontalmente. ¿Pensará el fraile que intentan tomar a los españoles en su red jugando con las palabras y que el diablo está ahí detrás? ¿Ahí está el origen de esta imagen?

Fray Bernardino no había tomado en cuenta este silencio:

—Quiero sacar todos los vocablos y las maneras de decir propias para hablar en lengua mexicana de todas las materias —dijo Sahagún.

Tras un rato, añadió:

—Las más de sus antiguallas, las buenas y las malas.

Por eso la obra llevaría tres columnas y por eso también la de la derecha reuniría todas las palabras del texto presentadas como deben de estar en un diccionario. Era tiempo de mostrarlo: ante a los textos solamente redactados en la lengua mexicana, los frailes dudaban.

   
   
 
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V. Un borrón
 
   

 
   
   
 

Habían ya dado las doce cuando Mateo emprendió su trabajo. Quería realizar, antes de que Sahagún regresara, lo que le había encargado: sacar cada palabra del texto, definirla a nivel gramatical y traducirla. Para él era una buena oportunidad para salir de su tarea de escribano. Tal tarea le proporcionaba ingresos no tan modestos, lo que apreciaba, pero que no le permitía dar vuelo como lo hubiera querido a su afición por la gramática.

Sahagún, en busca incesante de colaboradores entre sus antiguos estudiantes, le tenía confianza a Mateo. ¿Sería capaz de analizar las palabras? Ya era tiempo de empezar a extraer el vocabulario de los textos recogidos de boca de los ancianos de Tlatelolco. Los trilingües estaban totalmente ocupados con la recopilación de esos relatos, en la elaboración de su forma escrita y el fraile examinaba la posibilidad de dispensarlos de este trabajo adicional si otros podían realizarlo en su lugar sin demasiadas dificultades. Entonces se le ocurrió pedir la ayuda de los escribanos que habían acabado su ciclo de estudios en el Colegio, y escogió a Mateo.

«¡Todas las palabras!» le había dicho el fraile. Mateo leyó el primer enunciado que se veía tan apretado entre las dos columnas aún blancas, una a la derecha y la otra a la izquierda, como los callejones entre las paredes de las casas de Tenochtitlan.

Cecempoaltica ÿneçauililoya
yquac ynilhuichiuililoya.

Códices Matritenses del Real Palacio, f. 178r.

Puso un punto al final de la primera línea de la columna central, un punto un poco alejado de la palabra para que no se fuera a confundir con un signo de puntuación –pues se suponía que un punto sirve para acabar una frase, lo que no era aquí el caso donde debía separar la columna central de la columna de la derecha. Concentró toda su atención en el verbo y se le olvidó transcribir la primera palabra. Además no le cabía, todas las palabras no cabrían en la línea. Sin embargo era una demanda terminante del fraile: «Que cada palabra analizada esté escrita en la misma línea que el texto en la que aparecía». Y fray Bernardino había añadido luego: «Darás la forma primitiva del verbo –lo mismo hubiera podido decir el verbo en presente— y la pondrás en primera persona, es decir precedida de ni o de n». Sin embargo, venía el verbo, en el texto, no en primera persona sino con un sujeto indefinido, no en presente sino en imperfecto y además, ¡en forma honorífica! Mateo se fue concentrando en las dificultades y no vio pasar el tiempo.

Cuando llegó Sahagún, Mateo acababa de terminar las dos primeras páginas y ahí se había quedado como se lo había pedido. «Repasaremos esto juntos» le había dicho el fraile al entregarle los folios en los que había de intervenir. Mateo había cuidado su escritura, como cualquier buen escribiente que quiere que su trabajo resulte perenne.

Sahagún valoraba la caligrafía de su antiguo alumno: legible, rápida y ahorrando espacio. Aun cuando usara la tipografía de minúsculas carolinas, iba inclinando su letra hacia la derecha, recogiendo así unos rasgos de la tipografía itálica creada sesenta años atrás por un librero veneciano para reducir el tamaño de los libros y facilitar así su difusión. También había tomado de la escritura cursiva ciertas ligaduras entre las letras, lo que aumentaba particularmente su velocidad.

Sahagún tenía la secreta esperanza de que el primer bosquejo saliera definitivo, que resultara el trabajo perenne. Pero una vez empezada la lectura, pronto quedó desilusionado. Atrajo hacia sí la primera hoja, tomó la pluma y el tintero que acababa de abandonar el escribano.  «No, pensó éste, ¡ya no!»

—La segunda columna se mete en la columna central, no se diferencian bien una de la otra ¡El punto no es suficiente!

Y fray Bernardino trazó una raya que indicaba que era preciso espaciar la palabra para que se viera bien que se trataba de otra columna. Y lo mismo en la línea siguiente.

—Habrá que volver a copiarlo todo, el análisis de las palabras se mezcla con el texto —dijo—, no se identifican bien las columnas. Este texto será un borrón.

Al ver la cara aterida de Mateo, precisó:

—La palabra borrón, ¿sabes lo que quiere decir hoy en día? Ahora que existe la imprenta, esta palabra ya no indica sólo la gota de tinta que cae en el papel y lo mancha, también se refiere al trabajo de corrección hecho en el manuscrito antes de que se dé al impresor…

—¿Un borrador?

—Sí, así lo llama Pedro Ocharte. Así que no tomes estas correcciones como una crítica de tu trabajo. Muy al contrario, es la prueba de nuestra colaboración, vosotros, los escribanos y los colegiales, y yo mismo. Además, más gente volverá a leer este texto que seguramente recibirá todavía nuevas correcciones.

—¿Cree Usted que se imprimirá? —preguntó Mateo.

—Sólo Dios lo sabe —contestó el fraile—, pero es mi más honda esperanza.

Prosiguieron su repaso. Y, en las líneas siguientes, Sahagún  no encontró nada qué criticar. Luego Mateo lo vio suspender la respiración… y levantar la pluma.

—¿Existirá una regla que sea general? —suspiró Sahagún—, siempre hay excepciones. Mateo, ¿habla el sol? Sólo se pueden poner en primera persona los verbos que los hombres pronuncian, ¡no funciona cuando una cosa de la naturaleza, no humana, es el sujeto de la frase!

El fraile se preguntaba a qué correspondía esa extraña forma que el escribano había elaborado para ese verbo que indicaba el paso del sol al cénit. Aun cuando el náhuatl fuera un idioma increíblemente combinatorio, que permitía numerosas invenciones, la palabra Monnopiloa que Mateo había escrito no tenía ni forma, ni sentido. En primera persona hubiera podido ser Nonnopiloa «me alejo cayéndome», y para indicar que el sol, ya bajo, declinaba, se hubiera podido decir en tercera persona Ommopiloa, pero Monnopiloa ¡no!

Códices Matritenses del Real Palacio, f. 178r.

Tachó con trazo firme los prefijos que no tenían razón de ser y restableció la forma correcta: Monnopiloa. Luego tachó la forma pretérita omõnopilo, y un borrón –una gota de tinta— cayó sobre la hoja. En la línea siguiente, todavía corrigió: Ninotzcaloa. Tachó el prefijo ni «yo» y sustituyó la n por una m de tercera persona: Motzcaloa –se trataba del sol que iba declinando. Y la línea siguiente todavía! onicalac in tonatiuh, «ponerse el sol», ¡en primera persona! La brisa que refrescaba la sala por la mañana ya había desaparecido y el calor se estaba poniendo sofocante.

«Ya está, bien se trata de un borrón» dijo Sahagún, y sin más dudas, se puso a revisar la organización de las palabras que él mismo había propuesto: era demasiado largo y, cualquiera que hubiera sido lo diminuto de la escritura, la lista de palabras traducidas no cabría en la columna de la derecha. Comprobó con Mateo que ésa era la razón por la cual éste no había reproducido la primera palabra. Pues sí, lo que pedía se revelaba irrealizable, había que simplificar. Entonces le hizo tachar cada forma primitiva: total, no se necesitaban. Entonces cambiaron el orden y copiaron todas las formas pretéritas después de las traducciones. «Así ganamos algo de espacio» aprobó Sahagún, mirando el resultado:

Niq’toa.ptOoniq’to.Dezir algo.pto oniq’to

Así siguieron, verbo tras verbo, línea tras línea, hasta el final del párrafo Tonatiuh. Hasta la puesta del sol.

Sahagún decidió pedir a los colegiales que echasen una mirada a esta muestra que finalmente necesitaba ser revisada varias veces. Le gustaba esa posibilidad que le ofrecía el borrón ya que esta manera de hacer, tan innovadora, permitía que intervinieran, unos tras otros, en los textos. El hecho de escribir ya no suponía un autor único.

Ya se había ido Mateo. Antes de guardar los folios, Sahagún les echó una última mirada, y se fijó en las últimas líneas:

—¡Ay! ¡esos escribanos! ¿Cómo es que no lo vi? Y eso que le había pedido que añadiera la forma pto. que se le había olvidado poner ante el verbo qua que había sacado de la forma tequaquiui, «vendrannos a comer». ¡Y no me fijé en que había escrito cua en lugar de qua!

Códices Matritenses del Real Palacio, f. 178.

Es una verdadera manía que comparten muchos escribanos, no sé por qué.

Al día siguiente encontró a Andrés y lo detuvo para pedirle la razón:

—Andrés, ¿por qué los escribanos se equivocan tan seguido y escriben cua en lugar de qua?

—No es equivocación, Padre, ¡es elección! —le contestó Andrés. Y ante la mirada interrogativa del fraile, precisó:  —¡Bien se ve que ustedes, los frailes, no asisten a sus pleitos! Pero es cierto que ante ustedes, no se atreven —añadió, y le explicó: —hay los partidarios del oa que se oponen a los partidarios del ua… y por nada del mundo el que escribe iuan, «con», lo escribiría ioan, y se opone al que así lo escribe. Y ni qué decir de las disputas en que unos dicen que no se debe escribir nasal al final de esa palabra porque no se oye –escriben iua—, y otros, que es preciso escribirla, pero hay adeptos de la niuan—que se oponen a los de la m iuam. En cambio, y quizás eso te sorprenda, Padre, casi todos están de acuerdo para escribir cualli, «bien», con cu —pues, dicen, se encuentra este mismo sonido en cuica, «cantar», y mocuepa, «volver», —antes de con qu, letras que transcriben, según dicen, otro sonido, como en quilitl «quelite», o en quema, el «sí» afirmativo. Al hacer esto, pretenden que están más atentos a los sonidos que ustedes, los frailes. Nos han traído la escritura que los tiene maravillados ya que logra reproducir los sonidos, y sin embargo ustedes nos imponen reglas que no permiten leer correctamente los sonidos en su gran variedad, y además no transcriben ustedes nuestras duraciones, nuestras aspiraciones, nuestros saltillos. Eso los sorprende.

—La escritura debe ser unificada, Andrés, es preciso respetar las reglas de ortografía, no soportan variantes.

—Sí, Padre, bien lo saben y por eso se someten a las reglas y, en su gran mayoría, acaban aceptando escribir qua. Pero, ¡mucho les cuesta!

Andrés bien se cuidó de añadir que los escribanos a veces elogiaban la variante, alegando que era un rasgo característico de la escritura de los antiguos pintores. Les gustaba.

—Se van acostumbrando a las reglas ortográficas que ustedes proponen —siguió—, ya que el acostumbrarse se concibe, en nuestra lengua, utilizando el verbo mati «saber» en su forma reflexiva.

Después de esa sesión, Sahagún decidió que más valía pedir a uno de los trilingües que sacara el vocabulario de los textos que se iba a presentar en la muestra. Eso evitaría muchos errores; quería que la copia pasada en limpio, la que él iba a entregar a las autoridades franciscanas, fuera impecable.

Códices Matritenses del Real Palacio, 160v.

Lo que no cuenta la historia, es si tuvo que indicarle a Diego, el escribano que realizó aquella copia, que tuviera cuidado en escribir correctamente qua, o si éste lo hizo por autoridad propia.

   
   
 
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VI. El sol…
 
   

 
   
   
 

El sol acababa de salir. Antonio caminaba por la calzada que iba de Tenochtitlan a Tlatelolco. Tenía prisa de reunirse con los demás colegiales: casi ya no salían del Colegio de tan ocupados como estaban. Pronto terminarían el capítulo —más bien dicho el libro, de tantos datos como habían recogido—sobre el tonalpohualli, la cuenta de los días, un calendario adivinatorio del que fray Bernardino decía a quién lo quisiera oír —pero ¡no todos lo querían oír!—que era pura nigromancia, verdadera fuente de idolatría.

Antonio anhelaba echar una mirada al capítulo de la muestra que trataba de los astros para averiguar el contenido antes de que lo entregaran al copista ¡Tenía que ser perfecto! En efecto, el capítulo de la provincia franciscana seguía con atención el desarrollo de la encuesta sobre las tradiciones de los indios de Nueva España, la tarea que Francisco del Toral, mientras era provincial unos años antes, había pedido a Sahagún que realizara. Nadie dudaba de la cosecha, el montón de cuadernillos crecía mes tras mes y el fraile pedía siempre más papel, más tinta, más escribanos. Pero entre los franciscanos había quienes seguían dudando de que fuera útil para la evangelización de los indios. También había algunos émulos que habían afirmado que todo lo escrito en estos cuadernos eran ficciones y mentiras.

Llegado al Colegio, Antonio jaló la puerta tras de sí y se detuvo un rato para disfrutar la calma relativa del lugar. El bullicio de la calle, particularmente ruidosa alrededor de la caja de agua antes del medio día, aquí resultaba amortiguado por las paredes.

—Fray Bernardino no tardará en llegar —le dijo Martín—, lo retrasaron en el convento. Te voy a enseñar lo que ya hemos hecho.

Antonio tomó las hojas que le entregaba Martín.

—¡Oh! —dijo.

—Es un borrón —le explicó Martín.

Antonio miró la primera hoja. Leyó el título del capítulo –Ic ome cap.ytechpa tlatoa y[n]tonatiuh,y[n]metztli, yoã y[n]cicitlalti yoan y [n]muchi tonalpoalli, «El 2° capítulo trata del sol y de la luna y estrellas, y de los agüeros de cada día del año»—, leyó el título del primer párrafo –Tonatiuh, «el sol»—, leyó las primeras líneas del texto:

—Oye —dijo—, si viene escrito Cempoaltica yn neçauilioya iquac inilhuichiuililoya,«ayunaban y le hacían fiesta de veinte en veinte días», es que el anciano habla del sol como de un dios. Entonces ¿por qué no haberle dado su título divino, aquel por el que se le saludaba al aparecer, Xiuhpilli Cuâuhtlehuanitl?

Martín se quedó pensativo.

—Es preciso introducir esta palabra, —insistió Antonio—, y escribió en el borrón, después de Tonatiuh, Sippilli Quauhtlehuanitl. Esta palabra muestra que al sol se le consideraba como un dios. Además, como es el nombre de un dios, hay que indicarlo.

Y escribió teutl «dios» después de Sippilli Quauhtlehuanitl.

Martín hubiera querido detenerlo:

In tônatiuh, amo teôtl! In mêtzli, in cicitlâtin, ayâc teôtl!, «¡El sol no es un dios! ¡La luna, las estrellas no son dioses!»

—Pero, Martín, no puedes negar, aun cuando te enfade, que los antiguos consideraban el sol como un dios. ¡Y quizás hasta el principal de los dioses! Acuérdate del adagio a propósito del eclipse del sol: Teôtl quâlo tlâlolîni, «Dios es comido, la tierra va a temblar» La palabra teôtl, «dios», remite al sol.

—Ese no es el punto —le contestó Martín—. El problema es que este capítulo debería tratar de filosofía naturaly así describir los astros como cosas celestiales, y no como divinidades. Hemos cuestionado a los ancianos en ese sentido, de manera que nos describan, con sus propias formulaciones, la realidad tal como es. Queríamos obtener una descripción de los astros.

—Y ¿el diálogo, así iniciado con los ancianos, resultó satisfactorio? —preguntó Antonio.

No le dio tiempo a responder, que en esto llegaba Sahagún. Se quedó pensativo ante la forma Sippilli Quauhtlehuanitl que Antonio acababa de escribir en el borrón y les participó sus dudas:

Xippilli Cuauhtlehuanitl, que es un título divino, no tiene lugar en una descripción de los astros, ya que es nombre propio. Sólo se empleaba al dirigirse al sol en un rezo.

—Pero también nos podemos dirigir al sol empleando la palabra Tonatiuh que no es propia —insistió Antonio: —¡Tônatiuhé! «¡Oh Sol!»

—Más bien se diría ¡Nanâhuâtlé!, «Oh Nanahuatzin!» —intervino Martín, y añadió: —Nanâhuâtzin, el buboso, el que se arrojó en el fuego divino y salió hecho sol.

Un nuevo dios se había invitado a su mesa.

—¿Será posible describir el mundo sin aludir a su creación? —preguntó entonces Antonio, luego calló.

La filosofía natural tendía a establecer las relaciones correctas que existían entre la fe y la ciencia. Se esperaba que el relato del origen del mundo, tal como había sido revelado en la Biblia, coincidiera con los conocimientos científicos de los astros. La ciencia debía ser puramente racional. En oposición, la magia, que varios veían científica, otros la ponían en tela de juicio pues participaba de la experimentación, que consideraban como irracional ya que se guiaba por el azar en el mejor de los casos y, en el peor, por las creencias populares —¿no era el tonalpohualli, el calendario ritual que permitía adivinar el destino de cada uno según el día en que nacía, la mejor prueba de ello?

Al leer de nuevo el borrón, en el cual el anciano reducía la descripción de la luna a la evocación de los eclipses y a las reacciones de miedo que provocaba en las mujeres preñadas, Sahagún había en seguida reanudado con Martín la investigación: hacía falta describir el astro, ni más, ni menos. Acercó a Antonio la nueva hoja en la que venían apuntados los nuevos resultados:

—Miren —dijo fray Bernardino—, el anciano logró describir el astro tal como lo ven, sin aludir a los dioses.

Y con el dedo, señaló la primera frase: «¿la luna creciente? Un arquito de alambre delgado» había dicho el anciano.

—Ah, sí, ¿eso dijo? se asombró Antonio.

—¿La luna llena? Una rueda de molino grande, muy redonda y muy colorada.

—¿Un molino, eso dijo de veras?

Y el anciano había indicado después que cuando va subiendo, se levanta blanca o resplandeciente. Y había indicado que entonces parece como un conejo en medio de ella.

—¡Un conejo!

Se hacía cada vez más obvio que los ancianos no describirían el mundo sin aludir a su creación, y a los dioses. Decidieron entonces integrar en la copia en limpio de la muestra el relato de la creación del sol y de situarlo al final del párrafo Metztli, «La luna». Por cierto, este texto se encontraba justo al lado, guardado en el librero. Fueron por él. Corría el rumor que este relato había sido recogido poco antes por los colegiales y que había sido copiado en las mejores condiciones, pero sólo era un rumor que se había propagado, amplificado, distorsionado con el correr de los días. ¿Quién confiaría en un rumor?

—Habrá que extraer el vocabulario de todo el texto —anunció fray Bernardino y, como nadie se proponía para esa tarea, pensó que resolvería ese punto más tarde. —Y le daremos un título, La fábula del conejo en la luna —dijo.  Esa era una decisión inapelable.

Sahagún iba leyendo a trancos el texto, escrito en náhuatl en la columna central, traduciéndolo en voz baja para sí mismo.

—En las primeras luces del amanecer los dioses se arrodillaron para esperar a que saliese el sol, sin saber por qué lado saldría. Y cuando apareció, nadie podía mirarlo de frente, de tanto como resplandecía. Salió el sol primero, tras él la luna, según se habían arrojado a la hoguera, y brillaban tanto unos como otros. Se concertaron los dioses: «¿Será correcto que brillen tanto unos como otros?» Uno de ellos salió corriendo y echó un conejo a la cara de Tecuciztecatl, el que se había tirado segundo en el fuego. Así es cómo oscureció el brillo de su cara, su resplandor. Y todavía hoy sigue la luna así.

A la noche siguiente, el fraile no lograba conciliar el sueño, le daba vueltas a su decepción. «En cuanto más nos adelantamos en nuestra recopilación de datos relativos a las cosas del cielo, más me percato de que las gentes de esta tierra son como nuestros antecesores, tanto griegos como latinos. Se ve muy claro por sus escritos que atestiguan de las fábulas que inventaron a propósito del sol y de la luna, y también de algunas estrellas: ¡Son tan ridículas, pues les atribuyeron divinidad!¡Y yo que al principio pensaba que su calendario se apoyaba en una descripción de los astros!»

Unos meses más tarde, Mateo pasó por la sala donde trabajaban los escribanos, para buscar a Diego. Lo encontró pasando en limpio la copia del borrón. Las tres columnas ahora aparecían distintamente.

Códices Matritenses del Real Palacio, fol. 161v.

La del centro, escrita en caracteres mayores, atraía la mirada del lector –así tendría ganas de leer el texto en su idioma. Además, números situados encima de las palabras las relacionaban con su traducción, en la columna de la derecha, donde cada uno venía acompañado del número correspondiente —el lector, de una sola mirada, podía así comprobar el sentido del texto. La columna de la izquierda, la que estaba reservada a la traducción literal, venía escrita en caracteres de pequeño tamaño, lo que le daba todo el espacio que necesitaba para reproducir de manera prolija, a veces explicativa, lo que se decía en el texto en idioma.

—¡Qué bonito! —exclamó Mateo, admirado.

Había recogido las hojas y las observaba atentamente, una tras otra.

—¿Pero qué relato es éste? ¡No había relato en el borrón!

—Lo añadieron después. Es un tlahtôllôtl, una historia —le contestó Diego—, la historia de la creación del sol.

—Pero al leer el título en castellano, La fábula del conejo que está en la luna, ¡uno pensaría más bien que se trata de una fábula de Esopo! —exclamó Mateo.

—También a mí me sorprendió. Se lo hice notar a Don Martín y le propuse sustituirlo por La leyenda del Quinto Sol. Bueno, ¡puedes imaginar su reacción! Bien sabes que a los trilingües no les gusta que nosotros, simples escribanos, nos metamos, pero, ahí, por cierto, ¡no pude controlarme! Me contestó que la palabra leyenda sólo se empleaba para la vida de los santos. «¿No habría otra palabra?» le pregunté. En fin, parece que la palabra fábula muestra claramente que son relatos inspirados por El Maligno, boberías para niños. Bueno, ya conoces su punto de vista…

—Ven, vámonos —le dijo Martín—. Regresemos a casa.
   
   
 
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VII. La insostenible fugacidad del bien
 
   

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¡Vaya contratiempo! ¡Había visitantes en la sala de trabajo! Por su corta estatura, Alonso reconoció a Don Francisco Cervantes de Salazar a quien acompañaban dos extranjeros. Afortunadamente se estaban despidiendo y Fray Bernardino los llevaba hacia afuera. Alonso esperó a que se hubieran ido para entrar.

¡Ahhuel îpan cualli!, «¡qué feo, está desproporcionado!» —dijo.

—¡Lo chico no le impide mirarnos desde arriba! —le contestó Martín, tampoco muy favorable al visitante.

Al regresar Sahagún cerró la puerta de un golpe, dando por concluida la visita y los comentarios que había suscitado. Les notificó:

—Hay que empezar un nuevo capítulo.

—¿Por qué tanta prisa? —preguntó Alonso—. No hemos terminado el capítulo que trata de los astros. Falta incluir la descripción del calendario ritual, el tônalpôhualli, tal como se menciona en el título del capítulo.

Lo sabía de memoria: Ic ome capítulo itechpa tlatoa yn tonatiuh, yn metztli, yoan in cicitlaltin, yoan yn muchti tonalpohualli. El capítulo 2 trata del sol, de la luna, de las estrellas y de los agüeros de cada día del año. No tuvo tiempo de terminar.

—¡Ni hablar!

El grito dejó aturdido al colegio. Pocas veces alzaba la voz Sahagún, era muy paciente, casi impávido, pero el fraile prosiguió como si nada:

—El tonalpohualli no es conforme al círculo del año, sólo cuenta con 260 días. Ahí se ve que no se concibió a partir de la observación del cielo, por tanto no tiene lugar en un capítulo sobre la filosofía natural. La cuenta de los días en el tonalpohualli no se regía por los signos, ni por los planetas del cielo, sino por una instrucción que, según nos dijeron los ancianos, se les dejó Quetzalcoatl. Esta manera de adivinanza de ninguna manera puede ser lícita, es arte de nigromancia, pacto con el Demonio.

Estaban asombrados, no veían bien adónde quería ir fray Bernardino.

—¿Y de qué va a tratar este nuevo capítulo? —se arriesgó Alonso.

—De la tlacayotl.

—Ah… de la tlahtocâyôtl, de los señoríos…

—¡Qué no! No he dicho tlahtocayotl, he dicho tlacayotl. Vamos a tratar de la humanidad en general, de todas las categorías de los seres humanos. Y vamos a integrar la traducción al mexicano de una vez a la muestra que nos pidió realizar la provincia franciscana.

—¿Las cosas humanas inmediatamente después de las cosas del cielo?

—¡Exactamente! Los astrólogos fundan sus adivinanzas en la influencia de las constelaciones y los planetas. Por eso se las tolera y se permite mencionarlas en los repertorios que usa la gente… pero a condición de que nadie piense que la influencia de las constelaciones afecte algo más que los sentidos, y que todos sepan que no tienen ningún poder sobre el libre albedrío. Así, después de haber tratado de los astros y de su posible influencia, hay que insistir en el libre albedrío, es decir, la libertad que tiene cada ser humano en sus decisiones, actuando con voluntad propia, sea hombre o mujer, en todas las edades de la vida, en el conjunto del parentesco, según su dignidad, su oficio o su cargo. Mucha gente cree que el destino rige lo que se le ocurre en la vida, cuando cada uno elige tomar el camino del bien o del mal. Vamos a listar las condiciones buenas y malas de cada ser humano, es decir los modos de ser buenos o malos… según la inteligencia, el uso y manera de hablar que tiene la misma gente —precisó.

Fray Bernardino buscaba el apoyo de Alonso para conducir las entrevistas. El colegial preveía incomprensiones, por una y otra parte.

—¿Cómo expresar en nuestra lengua mexicana las palabras condición buena y condición mala?

—¡No me digas que no tienen palabras para distinguir entre un buen padre y un padre malo! —exclamó Sahagún.

—Lo que yo quería decir es que hay que escoger palabras que entiendan los ancianos —replicó Alonso—. Cuando ustedes hablan en lengua mexicana usan la palabra cualli para calificar a la gente que actúa de manera virtuosa, y su negación, amo cualli, para la gente que actúa de manera viciosa. Así, al buen padre lo llaman cualli tahtli, y al padre malo, âmo cualli tahtli, pero antes no se hablaba igual… —estaba indeciso.

—¿A poco no?

—Si no me equivoco raras veces se aplicaba la palabra cualli a un ser humano, menos aún amo cualli. Pero hoy día se volvió común calificar así a la gente. Es que muchos de nosotros tomamos su modo de hablar de ustedes y nos olvidamos del que usaron nuestros padres y nuestros abuelos. Estamos perdiendo, no sólo el uso, sino también la inteligencia del antiguo hablar. Personalmente, tenía diez años cuando entré en el Colegio y me acostumbré a los nuevos usos, a tal punto que, a veces, ya no percibo los cambios.... y, precisamente, estoy reacio a decir in cualli tahtli.

Códices Matritenses de la Real Academia, f. 104r.

Este asunto lo siguió molestando durante todo el día. Al atardecer decidió dar una vuelta. Vagaba, dejando de lado los callejones sin salida cortados por las acequias, cuando se encontró sin querer frente al lago. El sol estaba declinando y el cielo mostraba colores rojizos. Era la hora en que la luz anticipa la oscuridad.

—¡Qué hermosura! —exclamó—. ¡Y tan efímera!

Se acuclilló y dejó errar sus pensamientos llevados por los sentidos. Los colegiales estaban dando el último toque a la recopilación de los datos sobre la cuenta de los días, el calendario adivinatorio, el tônalpôhualli. Y ahora él iba a recopilar los datos relativos a las cosas humanas. El cambio de tema reorganizaba las palabras en otras direcciones y se percataba de que la palabra cualli, fundamental en el nuevo tema, alcanzaba un sentido diferente que quería averiguar antes de cuestionar al anciano. Esto le producía malestar y lo relacionaba con una traducción rara que le había llamado la atención hacía poco: los mercaderes de Tlatelolco, al explicarles el tercer signo del tônalpôhualli, les habían dicho a los colegiales que la casa del calendario llamada êyi âtl era cualli îhuân âmo cualli, es decir «buena y mala». Los que habían nacido en uno de aquellos días llamados tlanepantla eran destinados a gozar de una vida feliz, disfrutando de mucha hacienda, de mucho éxito, pero al final, todo lo iban a perder: sus vidas se desharían como agua, como cosa que lleva el río. Pero, cuando habían traducido esta expresión, los frailes habían dicho que esta casa era «o bien, o mal afortunada».

—No lo pensé al momento, se asombró Alonso, pero me parece raro entender como «o» la palabra îhuân que significa «y», o mejor dicho, «junto con cosas que acostumbran ir juntamente». ¿Sería erróneo decir de algo que es «bueno y a la vez  malo»?

Martín, a quien Alonso había expresado sus dudas, le comentó que, para los frailes, negarse a contraponer las dos palabras implicaba mostrarse indiferente ante el bien y el mal.

—No te entiendo —había opinado Alonso—. No veo por qué se niegan a traducir îhuân por «y» en este contexto.

Fray Bernardino le había notificado la oposición: primero, el buen padre, cualli, segundo, el padre malo, amo cualli; primero, la buena madre cualli, segundo, la madre mala, amo cualli, etc. Y el plan de la minuta no se discutía.

—¿Podría la palabra cualli aludir a un bien efímero, que llevaría en sí mismo su ineluctable aniquilación, cualli îhuân âmo cualli?

Se sumergió en la voces de su propio idioma. Además de los días ¿de qué otra cosa se podía decir que era cualli? De una fruta, de una raíz, de una planta, y sobre todo del maíz, es decir de la tônacâyôtl, los frutos de la tierra que crecen bajo los rayos del sol y se multiplican en el secreto del hoyo donde se los sembró.

—¡La tônacâyôtl, sí que es cualli, comestible, buena, vital! El hombre vive del tôna, del fructificar solar: la palabra tôna es clave. Al hombre lo moldea la radiación del sol que entra en su cuerpo el mero día de su nacimiento y compone su tônalli. Por lo tanto se puede decir cualli in itônal, lo que equivale a «su tonal es bueno», pero tônalli indica entonces el hado determinado por el día de nacimiento. ¡El destino otra vez!

El sol estaba declinando, estirando su sombra en el suelo. Alonso la miraba. Había oído decir que los esclavos llamaban a veces sombra al tônalli.

—¿Una sombra? El tônalli es de esencia caliente, y la sombra es de esencia fría. Pero no hay sombra sin luz, van juntas, îhuân, como día y noche, vida y muerte. ¿Y qué ocurre con el tônalli después de la muerte? Si no logra el ánima del muerto llegar al más allá, al quedarse en la tierra, se vuelve sumamente peligrosa para los humanos. Luz y sombra, cualli îhuân âmo cualli.

¿Cómo decir que alguien «es bueno» sin emplear las formas introducidas en la lengua mexicana por los frailes? Buscaba una y otra vez:

In cualli îyolloh, «tiene un corazón bueno», esta frase sí es de uso común y se puede emplear en el sentido de «es bueno». Los ancianos dicen que el tônalli se concentra en el corazón, se nota en el pulso de las venas. Además, la traducción no trae ningún problema: la expresión in cualli îyolloh la podemos a traducir al castellano por «persona de buena condición o de buen corazón», exactamente lo que busca fray Bernardino.

¡De doble sentido, la traducción! Los frailes usaban la palabra «condición», a veces, para traducir tônalli, pero en contextos totalmente diferentes: cuando indicaba un privilegio o una característica específica de alguien. Nunca hubieran aceptado ubicar el libre albedrío en el tônalli, pues éste dependía del destino. No iban a pensar que la traducción «buena condición» podía indicar los privilegios otorgados por la suerte.

—Y persona de mala condición, ¿a qué corresponde en la tradición antigua? —se preguntó Alonso. —¡Tlatziuhqui!

El tlatziuhqui, «el flojo», ¿para designar al hombre malo?

—El tlatziuhqui jamás se quiere cansar y por ello siembra las semillas sin cuidado, gastándolas, desperdiciándolas, echa a perder la tônacâyôtl. Éste, de veras, acaba con la vida, ¡es malo! ¡Ay! —suspiró—, me lo van a rehusar los frailes, llegué a un callejón sin salida.

La noche iba a caer, ya era tiempo de regresar. Al cuestionar la idea de «bueno» en la lengua mexicana y tratar de traducirla en la lengua castellana, había tomado el camino al revés de lo que hacían los frailes. Se encontraba perdido. La noche ya cubría el mundo.

Cuando apenas estaba saliendo el sol, Alonso encontró a los colegiales trabajando en el convento, y les participó sus dudas.

—«Tlahuêlîlôc» es la buena traducción de «hombre malo»

Sus compañeros resultaron unánimes

—¡Demasiado violento! —opinó Alonso.

—¿A poco no es sumamente violenta la lucha entre el bien y el mal? —intervinó Andrés—. ¡Pregúntale al padre Focher, él te contará!

El padre Focher acababa de regresar de Ixmiquilpan, adonde iba seguido para apoyar a los frailes agustinos que realizaban unos murales en el templo del Convento de San Miguel Arcángel, una representación de la lucha entre el bien y el mal. No ilustraban el tema a través de escenas de la biblia, sino a través de una guerra entre chichimecas y guerreros mexica.

Cuando Alonso lo fue a ver, el padre Focher contestó a sus preguntas con mucha paciencia:

—Ejercen los chichimecas su tiranía contra todos, tanto los naturales como los cristianos, maltratando a unos, descabezando a otros, a otros matándolos con sus flechas, a otros más robándoles sus haciendas… Los chichimecas sí que son malos pues no labran la tierra, sino que viven de la caza y de aquellos frutos silvestres que de por sí nacen.

Era una evidencia para Alonso: a los que no vivían del cultivo de la tierra se les podía denominar tlahuêlîlôquê. Pero lo que quería oír era la descripción de las pinturas:

—¿El fiel, cuando entre en el templo, cómo va a distinguir quiénes son los buenos y quiénes, los malos? ¿Es algo que salta a la vista? ¿Cuáles elementos pictóricos escogen los tlâcuiloquê para que se vea —le pareció al padre Focher que Alonso había dicho lea— que éste es bueno, y aquél, malo?

—Hay una pintura que representa a un guerrero-coyote agarrando por el pelo a un chichimeco malo al que ha matado. El vencedor, el guerrero mexica bueno, se representó con un pie saliendo de una flor.

¡Estos tlahcuilohqueh de por sí saben! —pensó Alonso— los buenos somos nosotros, la gente de cultivo.

—¿Y su cara?

—¿La cara del guerrero bueno? Bonita, pues…¡ y de piel clara!

—¡Cualli ixâyac!

In cualli ixâyac, «tiene una cara bonita», esto se podía decir de un niño tierno como el elote o de una mozuela bonita como una flor. De ahora en adelante ¡se podría decir también de un guerrero!

Antes, la belleza se confundía con un estado de equilibrio. Cualli anclaba su sentido en la noción de fructificación, y la multiplicación de los frutos era un gran misterio que había que respetar, pues su equilibrio se consideraba vital.

Ahora los frailes habían enlazado lo bueno y lo gracioso. Los tiempos iban cambiando. ¡Cuán fugaz es el tiempo!

 

 

 
 
   
 

Sybille de Pury, Noticias del convento, Tlatelolco, 1563

[Marsella, a 31 de julio de 2016]

   
 
   
 
   
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Continuará...

 

 

 


I. Nahuatl ? C'est clair !

II. Pfff…

III. Une rumeur court

IV. Le vent tourne

V. Brouillon

VI. Le soleil…

VII. L’insoutenable fugacité du bien




 
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I. Nahuatl ? C'est clair !
 
   

Códice Florentino, lib. X, f. 19r.

   
   

Le repas venait de s’achever et ils s’apprêtaient à quitter le réfectoire du couvent de Santiago, à Tlatelolco. Fray Arnaldo de Basacio se rendait à la librería1, avec Hernando et Esteban, deux colegiales2 tetzcocanos3 à qui il voulait montrer le nouveau recueil des Fables d’Esope dont les frailes4 venaient de faire l’acquisition. Le bruit d’une dispute, à l’extérieur, les arrêta. Une voix, très haut perchée, perçait le brouhaha.

 1 Bibliothèque.

 2 C’est ainsi qu’on appelait, non seulement les jeunes Indiens qui étudiaient au collège Santa Cruz de Tlatelolco, mais aussi ceux qui en étaient sortis diplômés. Les plus brillants d’entre eux furent les collaborateurs de fray Bernardino de Sahagún.

 3 Originaire de Tetzcoco.

 4 Frères (ici, de l’ordre franciscain).

— ¡Ca huel nâhuatlcommenta Hernando à voix basse.

 

Il s’adressait à Esteban. Celui-ci, en réponse, fit basculer, comme par mégarde, un pot en étain vide qui se trouvait sur la table. Le pot tinta. Hernando sourit, complice. Ils sortirent. Une fois dehors, frère Arnaldo s’arrêta et les regarda, interrogateur :

 

— ¿Huel nahuatl? leur demanda-t-il.

Arnaldo de Basacio n’avait pas compris. Il avait une bonne connaissance de la langue mexicaine que tous parlaient au couvent de Santiago, qu’ils soient originaires du pays ou non. Mais ce n’était pas sa langue maternelle et, même s’il en maîtrisait la grammaire, il s’était approprié le lexique à travers les échanges qui animaient la petite société que formaient les franciscains, les colegiales ainsi que les naturales5 des alentours qui collaboraient avec eux. Les mots y avaient évolué rapidement, dans ce passage constant d’une langue à l’autre. Ainsi, pour ce Français, nahuatl équivalait à « clair », c’est-à-dire « compréhensible ».

 5 Nés dans le pays.

— Nâhuatl ? Strident comme le sapo cacatl6 ! lui expliqua Hernando.

 6 « Ay otro animal como sapo que se llama cacatl. Canta mucho mas que las ranas, son enojosos » (Il y a un autre animal, une sorte de crapaud qui se nomme cacatl. Il chante beaucoup plus fort que les grenouilles, c’est désagréable). Códice Florentino, facsímil, Gobierno de la República, México, 1979, lib. 11, fol. 76, p. 228v.

— Et désagréable comme la voix des nueras vocingleras que hablan mucho y en voz demasiado alta7 ajouta Esteban.

 7 « In cualli cihuâmontli ahmo nâhuatl, la buena nuera no es parlera ni vozinglera » (La bonne belle-fille n’est pas nahuatl – ni bavarde, ni braillarde). Códices Matritenses de la Real Academia, fol. 94r.

— Ah bon ? s’étonna fray Arnaldo. Alors nahuatl désignerait un son haut et désagréable ?

— En fait, la voix que nous venons d’entendre, oui, c’est bien ça : haute et désagréable. Mais bien d’autres fois, non. Un son nâhuatl peut être clair et agréable. Cela dépend du contexte, mais disons que c’est toujours un son qui s’entend de loin.

— Mais nahuatl, quand même, je sais ce que cela veut dire, c’est un mot courant ! s’étonna Basacio.

 

— Pas tellement courant. Nous, entre nous qui sommes originaires d’ici, nous ne l’utilisons pas si souvent que ça.

— Mais puisque tout le monde dit de votre langue qu’elle est nahuatl ! Et on la nomme d’ailleurs ainsi !

— Ce sont les Castillans qui la nomment ainsi, Padre.

— Mais nahuatlatoa, cela signifie bien « parler le nahuatl » ?

— C’est parler avec des sons clairs, insista Hernando, têtu.

— Clair ? Basacio avait l’impression de tourner en rond.

— Dans le sens de « clair à l’ouïe », précisa Hernando.

— « Clair », cela veut aussi dire « lumineux », c’est-à-dire « compréhensible ! » s’insurgea Basacio qui maintenait son point de vue.

— Nous ne parlons pas de façon lumineuse ! s’exclama EstebanC’est une métaphore à vous autres, los de por allá8 ! 

 8 Ceux de là-bas.

— Alors nahuatlatoa9, cela voudrait juste dire « parler haut », et non « parler de façon compréhensible » ? insista Basacio.

 9 Littéralement « parler de façon nahuatl ». Nom dérivé : nâhuatlahtôlli.

— Nâhuatl, ce mot évoque le métal qui résonne quand on le frappe, comme justement ce pot que vient de faire tomber Esteban. La nâhuatlahtôlli est un discours qui porte loin, précisa Hernando.

— La nâhuatlahtôlli est aussi une parole compréhensible dans la mesure où elle est pleine, concéda Esteban. Nous disons souvent, Padre, qu’iI nous faut faire attention à ne pas déchirer notre voix car les voix enrouées résonnent comme les objets vides, par exemple comme une cabosse de cacao pourrie10. Et justement, celui qui parle nahuatl, celui-là n’a pas la voix enrouée, sa parole est pleine, elle résonne, elle est donc compréhensible.

 10« Içauaca, n. estar ronco, o sonar las cosas huecas y vazias, como el cacao dañado » (Etre enroué ou résonner comme des choses vides, comme une cabosse de cacao pourrie). Molina 2, GDN. www.gdn.unam.mx. 

— Ah, voilà pourquoi ! s’exclama Basacio. Vous voyez, nous avons fini par nous comprendre ! Partons maintenant à la librería.

Sahagún n’était pas présent ce jour-là. Quel dommage ! Il aurait dit qu’ils se trouvaient au cœur du problème.

 

Fray Alonso de Molina, qui se trouvait tout près d’eux, les regarda partir. Il était venu de Tecamachalco passer quelques jours à Tlatelolco.

 

— Oui, pensa-t-il, ce mot nâhuatl, je l’ai traduit par suena como campana11, c’est ainsi qu’il apparaît dans mon Vocabulario12. Et d’associer, comme je l’ai fait, le sens du mot nâhuatl à l’image de la cloche de l’Eglise était vraiment bienvenu. Pas d’église sans un clocher et sa cloche qui sonne à la volée pour rassembler les fidèles qui l’entendent de très loin. L’Eglise se doit de rassembler. Et, si tel est le rôle de la cloche de l’église, tel est aussi le rôle de cette langue qui est, ne l’oublions pas, la lengua general13 de cette Nouvelle Espagne, la langue de tous.

 11 Qui sonne comme une cloche.

 12 Fray Alonso de Molina, Aquí comiença un Vocabulario en la Lengua Castellana y Mexicana, México, en casa de Juan Pablos, 1555.

 13 Langue véhiculaire.

Il n’eut pas le temps de poursuivre sa réflexion car d’autres frères étaient venus le trouver. Depuis que son Vocabulario avait été publié dans l’imprimerie de Juan Pablos à Mexico, tous recherchaient sa compagnie. L’imprimeur venait d’ailleurs de mourir et la conversation tourna bientôt autour du probable rapprochement de sa veuve avec un autre imprimeur, Pierre Ochart, ou Pedro Ocharte, un Français comme Basacio. Molina s’en inquiétait un peu, et le leur fit savoir. Avec ces Français on ne savait jamais trop à quoi s’attendre, ils avaient un goût immodéré pour le débat et ils avaient de plus une fâcheuse tendance à se moquer de tout.

 

Quelques années plus tard, Pierre Ochart se trouverait, en effet, face à l’Inquisition, dénoncé par l’un de ses employés14. Il avait été accusé d’avoir imprimé une xylographie de la Vierge du Rosaire sous laquelle apparaissait un commentaire peu orthodoxe, soi-disant moqueur :

14 Alexandre Stols , Pedro Ocharte, el tercer impresor Mexicano, Biblioteca del Instituto Nacional de Investigaciones Bibliográficas, Universidad Nacional Autónoma de México. México, 1990.

Estas cuentas son sincuenta [sic]

 

En valor e yficacia,

 

El pecador que os reza,

 

Jamâs le faltarâ gracia15

 15 Ces comptes sont cinquante (sic : sans compte) / En valeur et en efficacité. /Au pêcheur qui Vous prie / Jamais ne lui manquera la grâce.

Le rire est-il signe de duplicité ? Une fois sorti de prison, Pedro Ocharte s’attellerait avec la même ardeur à son travail de diffusion de la langue mexicaine, il publierait la première grammaire existant sur le nahuatl, celle écrite par Molina. Celui-ci avait eu tort de s’inquiéter.

 
   
 
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II. Pfff
 
   

 
   
   

Ils franchirent la porte du Colegio de la Santa Cruz. Sahagún regarda au loin, en direction du marché derrière lequel se trouvaient dispersées les chozas16 des Indiens, pour voir si arrivait sur le chemin el anciano17 qu’il attendait, l’un de ceux que l’alcalde mayor18 de Tlatelolco avait nommé pour l’aider dans son travail. Il se tourna vers Diego, l’un des colegiales qui aimait discuter avec lui des anciennes traditions :

 16 Cabane. 

 17 Ancien, vieillard.

 18 Gouverneur. 

— Diego, cet anciano, il vit dans le barrio19 de Xolalpan alors que toi, tu es du barrio de la Concepción, mais tu le connais sûrement… Eh bien, il ne serait pas par hasard un peu panfarrón20 ?

 19 Quartier

 20 « El mal viejo finge mentiras, es mentiroso, borracho y ladron, es caduco, panfarron, es tocho, miente, finge. » (Le mauvais vieillard est menteur, ivrogne et voleur, il est gaga, fanfaron, il est sot, menteur, roublard). Códices Matritenses de la Real Academia, fol. 95v.

 

Le jeune homme le regarda, interrogateur.

 

— Panfarrón ou fanfarrón21, lui précisa Sahagún.

 21 Fanfaron.

Diego ne comprenait toujours pas. Il vit le regard du franciscain s’absenter, se tourner vers une vision intérieure.

 

Sahagún se revoit à Salamanca, jeune étudiant. Il entend Pedro, son ami plus âgé que lui, qui le hèle :

 

— Eh, Bernardino, viens voir ! Ecoute !

Ils sont sur la place du Convento de las Dueñas, où un conteur mudéjar22 a rassemblé un petit public qui rit aux éclats – car faire rire était la condition à ce que ces pauvres hères gagnent leur pitance. Le conteur évoque la Florindina, et Ollian, et l’ifirqya Musa ibn Nusair

 22 Musulman vivant dans les territoires de la péninsule Ibérique reconquis par les Chrétiens.

— Ce récit a peu à voir avec la réalité des faits ! commente Pedro qui connaît bien l’histoire mudéjar, et il le dit à voix basse pour ne pas se faire conspuer par le public.

Sahagún porte une admiration sans bornes à Pedro, ce trilingue, spécialiste en grec, hébreu et arabe. Il le revoit comme si c’était aujourd’hui :

 

— Farfarfarfarfarfar23, el fanfarrón ! chantonne Pedro en regardant le conteur.

 23 Far-far-far… : onomatopée, équivalente à bla-bla-bla, à l’origine du mot arabe farfár « trompeur », lui-même à l’origine du castillan fanfarón. Le mot est d’origine arabe, et non grecque.

Pourquoi cette image s’est-elle imposée à ses yeux ? Sahagún n’est pas sûr que les anciens nommés par l’alcalde soient tous des témoins dignes de foi. Ce vieux, qu’il connaît de vue, lui rappelle la faconde des conteurs de langue arabe qu’au pays on désignait si souvent par le mot fanfarrón. A Salamanque, nombreux étaient ceux de langue arabe qui ne savaient ni lire, ni écrire. Mais pour conter, ils contaient ! Ils avaient un accent, et la particularité de ne pas bien prononcer le « p » et de le transformer en « f ». Ils disaient Falestine pour Palestine, fanfarrón pour panfarrón.

 

Et, au sein du mouvement des Alumbrados, dénoncés par l’Inquisition comme liés à la Réforme, il y avait, se souvient fray Bernardino, un certain Juan de Valdés, le frère du secrétaire de Charles Quin. Ses mots étaient restés gravés dans la mémoire : « Hay tambien algunos vocablos que comiençan en pan y tienen del griego como son pantuflos, pandero, panfarron y otros muchos24 ». Pourtant, en Nouvelle Espagne, c’était fanfarrón qui était désormais en usage.

24 Juan de Valdés, Diálogo de la lengua , p. 11.
www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital

— Il faudrait vraiment pouvoir conserver la forme correcte des mots sous peine de perdre leur origine, et cela, je l’ai toujours pensé, se dit Sahagún. Et, en Nouvelle Espagne, le castillan change particulièrement rapidement. On le voit avec latino, mot dont personnellement j’essaie de faire respecter la prononciation. A Salamanque seuls les juifs le prononçaient ladino, et voilà qu’ici en Nouvelle Espagne tous se mettent à dire ladino ! Il faut dire que, sous l’influence des naturales, la prononciation s’est vraiment relâchée25 : ils transforment le « p », tout comme le « m », il n’en reste qu’un souffle… Ambrosio Calepino avait bien raison : si on ne conserve pas la mémoire des paroles des anciens, rien ne fera bientôt plus sens !

 25 « Los mexicas no pronuncian la m ni la p, y ansi por dezir Mexico dizen Exico » (Les Mexicains ne prononcent ni le m, ni le p. Ainsi pour dire Mexico ils disent Exico). Olmos, fray Andrés de,. Arte de la lengua mexicana, 1547, con introducción y transliteración por Ascensión Hernández y Miguel León-Portilla. Madrid, ECH, ch. 6, 1993.

Conserver la mémoire des paroles des anciens, peine perdue ? Cette question le ramena au quotidien, l’image s’estompa, pfff… Et ses yeux se tournèrent vers Diego, qui le regardait. Il reprit :

 

— Fanfarrón, ou baladrón comme on dit plutôt ici...

— On pourrait le traduire par tlaquehqueloa, suggéra le colegial.

« Faire rire comme quand on chatouille ? » Sahagún connaissait le mot, il resta songeur. Quel incroyable nombre de mots cette langue possédait-elle pour exprimer la moquerie ! Serait-il possible, se demanda-t-il, que la langue porte ici la trace de la façon dont le Malin se joue des gens dans cette terre ? Les frères avaient vite fait d’excuser ce qu’ils considéraient comme des boberías, des niñerías26 ! Des enfantillages ? C’était vite dit ! On avait là, en fait, pure idolâtrie ! Les populations indiennes ignoraient tout de la Parole Divine avant notre arrivée, ce qui en avait fait des proies faciles pour le Diable, le Moqueur – bien différents en cela des Maures et des juifs qui ont rejeté le Christ en connaissance de cause, par hérésie. Pourquoi cette image du mudéjar s’était-elle alors imposée à ses yeux ? Elle n’avait pas lieu d’être.

 26 Sottises, enfantillages.

Une brise légère souffla entre eux, jouant avec le rire de Tezcatlipoca Moquequeloa.

 
   
 
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III. Une rumeur court
 
   

 
   
   

Une rumeur se propage comme un courant d’air, de bouche en bouche, elle court par les rues, se répercute contre les murs, y fait écho, c’est un murmure, insistant…

 

Déjà quand il était à Tepepulco, on murmurait que Sahagún faisait un Calepino. Et maintenant qu’il était de retour à Tlatelolco, tous lui en demandaient des nouvelles27.

 27 « Cuando esta obra se començó, començóse a dezir de los que lo supieron que se hazía un Calepino, y aun hasta agora no cesan muchos de me preguntar que en qué términos anda el Calepino » (Nous en étions au début de cette œuvre quand ceux qui le savaient commencèrent à dire que nous faisions un Calepino et, aujourd’hui encore, nombreux sont ceux qui n’arrêtent pas de me demander où j’en suis du Calepino). Códice Florentino, I, Al sincero lector.

Andrés, qui était lecteur au Colegio, n’avait qu’une vague idée de ce que désignait le mot calepino. Aussi alla-t-il voir son vieux maître de latin, fray Arnaldo de Basacio, et lui posa-t-il la question.

 

— Ce qu’on appelle le Calepino, lui répondit le frère, est un dictionnaire de latin en latin… un travail imposant, je peux en témoigner, à tel point qu’en France, pour admirer le savoir de quelqu’un, on utilise maintenant l’expression « il connaît son calepin ». Ce dictionnaire est une aide inestimable pour ceux qui enseignent le latin et qui veulent que leurs étudiants puissent, non seulement parler le latin comme il se parle aujourd’hui, mais aussi être capables de lire les auteurs classiques. L’auteur de ce dictionnaire, un certain Ambrosio Calepino, était un Italien d’une immense érudition. Dans son dictionnaire, après avoir donné la définition d’un mot latin, il fournit des synonymes, des dérivés ; parfois, l’équivalent en grec. Et comme si cela ne suffisait pas, la définition de chaque mot est illustrée par de nombreuses citations tirées des auteurs classiques.

L’enthousiasme de Basacio était tel qu’il en perdait le souffle, il n’y avait plus moyen de l’arrêter. Cependant il se pencha vers Andrés et c’est à voix basse qu’il murmura :

 

— Il vient d’en paraître une nouvelle édition28 qui est beaucoup plus clairement présentée que la première29 qu’on arrivait difficilement à lire : on aurait dit un borrón30. J’aurais bien demandé à Pedro Ocharte qu’il m’en fasse parvenir un exemplaire, mais c’est un Français, Robert Estienne, qui en est l’imprimeur et celui-là, il est passé à la Réforme et il s’est réfugié dans une ville qui s’appelle Genève.

 28 Ambogio Calepino, Ambrosii Calepini Dictionarium, quarto et postremo ex R. Stephani latinae linguae thesauro auctum. Genève, 1553.

 29 Ambogio Calepino, Ambrosius Calepinus Bergomates, professor devotus ordinis Eremitarum sancti Augustini, Dictionum latinarum e greco pariter dirivantium, earundemque interpretationum collector studiosissimus. Basel, 1502.

 30 Brouillon (borrón : terme archaïque, remplacé par borrador).

— Ces hérétiques, ils sont, eux aussi, intéressés par le Calepino ? demanda Andrés, surpris.

— Le Diable ne dort jamais ! répondit Basacio, en éludant le sujet.

Andrés continua donc, comme si de rien n’était :

 

— Mais je comprends encore moins qu’on dise que fray Bernardino veut faire un calepino, si c’est un dictionnaire de latin en latin.

— Tu sais, Andrés, entre le Calepino, c’est-à-dire le dictionnaire dont je te parle, et un calepino, c’est-à-dire ce à quoi font allusion en général les gens, il y a une grande différence, et, en fait, on ne sait jamais très bien duquel ils parlent. Je crois que la plupart des gens, lorsqu’ils disent calepino, se réfèrent aux éditions qui ont fleuri dans toute l’Europe après la première publication du dictionnaire, des versions qui ont été traduites en langues vulgaires. Tu t’imagines si on a besoin de ces traductions en Europe puisque personne ne comprend plus les textes en latin classique ! Car le latin qu’on parle aujourd’hui a beaucoup évolué par rapport à la langue des auteurs classiques, tu le sais toi-même. Rares, en fait, sont ceux qui comprennent encore les citations latines du Calepino. C’est pourquoi il se publia, très vite après la première édition du dictionnaire, une nouvelle édition traduite en italien. Et, par la suite, il y en a eu d’autres, en français, en espagnol, en allemand, en anglais, et je crois même en polonais et en hongrois ! Il est possible que pour beaucoup, un calepino désigne simplement un dictionnaire de latin traduit en langue vulgaire.

— Mais alors pourquoi ne pas aussi dire que le Vocabulario qu’a publié fray Alonso de Molina est un calepino ?

— Les textes, Andrés, il lui manque les textes ! Fray Alonso n’exemplifie pas les mots par des citations comme l’a fait Ambrosio Calepino. Mais où trouver des textes nahuatl ? Ces textes, ils n’existent tout simplement pas !

Devant la mine consternée d’Andrés, il se reprit :

 

— Sauf si tu considères que les pinturas31 sont des textes !

 31 Peintures. Ce terme désignait dans le Mexique d’alors les documents en écritures indiennes.

— Ces textes, fray Bernardino et les trilingues sont en train de les compiler et d’en faire une version en écriture alphabétique ! Nous pourrons bientôt citer, nous aussi, les textes de la tradition mexicaine, tout comme Don Ambrosio a cité les textes des auteurs classiques autorisés.

Depuis quelques temps Basacio sentait que ses forces l’abandonnaient, il ne pouvait plus donner ses cours de latin aux colegiales et passait tout son temps à prier et à lire. Il y en avait toujours pour murmurer que son intérêt pour les débats à propos des idées de la Réforme était à l’origine de sa santé défaillante et pour le comparer à Sahagún qui, malgré le tremblement qui l‘affectait, poursuivait sa tâche sans relâche. Basacio sentit soudain le sol se dérober sous ses pieds et il s’appuya contre le mur :

 

— Va trouver fray Bernardino et vois cela avec lui, dit-il à Andrés.

Sahagún se montrait réticent et répondait à ceux qui lui demandaient comment avançait son calepino que non, il n’était pas à même d’en faire un. Ce qu’il voulait, c’était d’adjoindre aux textes qu’ils étaient en train de récolter la traduction de chaque mot, dans une deuxième colonne qui ferait face au texte. Et il fournirait, dans une troisième colonne, une traduction du texte pour ceux qui n’avait aucune connaissance de la langue mexicaine. Cette présentation des textes, qu’il avait inventée après mure réflexion, n’était pas comparable au dictionnaire de Calepino, même si la deuxième colonne consistait en une liste de mots traduits et que ces mots étaient mis en relation à des textes. Mais il ne pouvait empêcher que coure la rumeur. D’ailleurs, pourquoi l’aurait-il fait ? Celle-ci servait son projet que beaucoup refusaient, trouvant que c’était accorder trop d’importance à cette culture diabolique, et que d’autres critiquaient comme étant un projet terriblement dispendieux qui contredisait le vœu de pauvreté des franciscains.

 

Andrés savait où trouver Sahagún. Une pièce du Colegio lui avait été allouée à son retour de Tepepulco pour qu’il y travaille avec les colegiales. Ils ne la quittaient pas, y travaillant jour et nuit.

 

— Padre, on dit que tu cherches à faire un dictionnaire qu’on appelle un calepino, qui serait un dictionnaire de latin que, si j’ai bien compris, tu voudrais traduire en langue mexicaine…

— Oui Andrés, je sais, je sais. Fray Arnoldo m’a informé de votre conversation. Assieds-toi, je t’explique, tu n’as pas compris. Tu sais très bien que la langue mexicaine joue en Nouvelle Espagne le même rôle que le latin en Europe : elle est lengua general, elle permet que communiquent entre elles toutes les populations de ces contrées qui parlent, soit des variantes de la langue mexicaine, soit d’autres langues. Vous, les colegiales, les trilingues, on vous dit ladinos32 – il faut dire latino, Andrés, pas ladino ! –, pas tant parce que vous parlez le castillan, mais aussi parce que vous êtes des nahuatlatos33, ce qui veut dire que vous parlez une langue qui est véhiculaire dans cette Nouvelle Espagne, tout comme l’est le latin en Europe.

 32 Qui parle une langue romane, dérivée du latin, ici le castillan.

 33 Qui parle le nahuatl.

— Oui, nous, les nahuatlahto, nous disons, en effet, être ladinos en nuestra lengua castellana34.

 34 Etre ladino dans la langue castillane.

— Il faut justement que nous commencions, avec les trilingues, à extraire les mots des textes que nous avons recueillis en langue mexicaine et à les traduire. C’est de cela qu’il s’agit, et non de faire un calepino. Le temps presse vu l’ampleur de la tâche, il faut nous y mettre maintenant. Nous n’avons pas fini d’en parler, Andrés, mais voilà la cloche qui sonne ! Viens, nous allons être en retard aux vêpres.

Alors qu’ils se dirigeaient vers l’église, Sahagún entendit l’écho lui renvoyer un rire qui avait rebondit sur le mur du fond. Il comprit que fray Arnaldo s’apprêtait à se rendre aux vêpres et qu’il venait de refermer ce livre d’un franciscain français défroqué, un certain Rabelais, dont Arnaldo lui avait parlé.

 

Sahagún ne se trompait pas, Arnaldo en était à ce passage quand il avait ri :

 

— Ehen, hen, hen ! Mma dies’, monsieur, mma dies, et vobis, messieurs. Ce ne serait que bon que nous rendissiez nos cloches, car elles nous font bien besoin. Hen, hen, hasch!35

 35 François Rabelais, 1542, Illustrations de la vie très horrificque du Grand Gargantua, pere de Pantagruel…, chez Françoys Juste, Lyon, ch. XXXV, fol. 98.

Tels étaient les mots que Maître Janotus de Bragmardo, docteur en théologie, adressait à Gargantua, encore enfant, pour le convaincre de rendre les cloches de la cathédrale que, par caprice, l’enfant géant venait de décrocher. Maître Bragmardo avait servi aux Parisiens, rendus furieux par la disparition des cloches, un discours en soi-disant latin, et il l’avait fait pour l’esbroufe car il ne parlait quasi pas le latin. Cela donnait des phrases incompréhensibles – mais le petit peuple parisien ne s’en rendait pas compte – comme : Omnis campana campanabilis in campanario campanando campans campanare facit et le discours se terminait par Valete et plaudite. Calepinus recensui, c’est-à-dire les termes exacts par lesquels Ambrosio Calepino avait signé son dictionnaire.

 

— ¡Amo nâhuatl! commenta Basacio à voix haute. Ce discours de Maître Janotus de Bragmardo est aussi vide qu’une cabosse de cacao pourrie ! Et, s’il parle de cloches, ses paroles sont loin de sonner comme une cloche ! Il éclata de rire. D’ailleurs, se dit-il aussi, il n’est pas impossible qu’on en arrive d’ici peu, avec le nahuatl, à une situation comparable, toutes proportions gardées, à celle que décrit Rabelais pour le latin : on parle nahuatl à tort et à travers. Je trouvais que Mendieta exagérait quand il m’a dit l’autre jour : Puedo con verdad afirmar que la lengua mexicana no es menos galana y curiosa que la latina, y aun pienso que más artizada en composición y derivación de vocablos, y en metáforas, cuya inteligencia y uso se ha perdido, y aun el común hablar se va de cada día más corrompiendo. Porque los Españoles comúnmente la hablamos como los negros y otros extranjeros bozales hablan la nuestra. Y de nuestro modo de hablar toman los mesmos indios, y olvidan el que usaron sus padres y abuelos y antepasados36 . Mais finalement je me demande s’il n’a pas raison.

36 (Je peux en vérité affirmer que la langue mexicaine n’est pas moins élégante et pure que la latine, et je pense même qu’elle est plus prolifique dans la composition et la dérivation des mots, et aussi des métaphores, dont la compréhension et l’usage se sont perdus aujourd’hui, surtout que la langue commune se corrompt plus jour après jour. Parce que nous, les Espagnols, nous la parlons comme les Noirs d’Afrique ou ceux des îles Caraïbes parlent la nôtre. Et même les Indiens reprennent notre façon de parler et ils en oublient la façon dont parlaient leurs pères, leurs grands-pères, leurs ancêtres). Jerónimo de Mendieta, Historia eclesiástica indiana, Cap. XLIV www.cervantesvirtual.com /servlet/SirveObras/ 120383053 28923728654435 /p0000001.htm#1

   
 
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IV. Le vent tourne
 
   

 
   
   

— Si nous voulons que el capítulo de la Provincia Franciscana37 continue à financer notre projet, il faut que nous lui en présentions une muestra38, dit Sahagún à Martín.

37 Assemblée des religieux des couvents franciscains du Mexique.

38 Echantillon.

— Une muestra ?

— Oui, une partie de l’œuvre telle qu’elle sera une fois terminée.

— Une muestra alors que nous sommes loin d’avoir terminé ! soupira Martín.

Leur compilation n’allait pas sans mal. Les situations où ils affrontaient la difficulté de passer de l’oral à l’écrit étaient, en effet, aussi nombreuses que variées. Ils discutaient souvent des différentes façons de les résoudre. Ces discussions, ils préféraient les mener entre eux, loin de ceux qui n’appartenaient pas à leur petit groupe de travail, vu que leur projet ne recevait pas l’adhésion générale, loin de là ! Les opposants du début étaient toujours aussi virulents, si ce n’est plus, et certains de ceux qui les avaient appuyés dans les premiers temps se mettaient à présent à douter. « Le vent tourne » disait Sahagún en se remémorant les marins qui, quand ils prononçaient cette phrase, levaient les yeux vers le ciel pour calculer un changement de cap.

 

Une critique, sans cesse reconduite, les préoccupait particulièrement: « Vu que le débit de la parole est si rapide qu’on ne peut pas la transcrire au rythme de l’écriture, comment pouvez-vous prétendre que vous reproduisez fidèlement ce que disent les anciens ? » Il arrivait alors que l’un des colegiales entraîne la mauvaise langue dans la pièce où ils travaillaient et le place face aux feuillets dont la pile montait de mois en mois, mais c’était pire ! Car au vu du texte, qui se déroulait sur le centre de la feuille comme un serpent repus, le doute croissait. Peu nombreux étaient ceux qui réussissaient à le déchiffrer et ils se perdaient dans sa complexité, surtout que la langue des anciens ne leur était pas familière. Quant aux autres, la traduction attirait leur attention par son absence. « Tous ces feuillets que vous avez remplis seraient-ils pure invention ?» disait alors le regard de celui qui avait les papiers sous les yeux – et certains osaient même le dire à voix haute !

 

Et pourtant, ils la reproduisaient le plus fidèlement possible, cette parole. Mais chaque séance demandait qu’on trouvât la solution appropriée. Tant qu’ils posaient des questions, il était possible de demander des précisions à l’ancien, de le faire répéter, de l’arrêter pour l’interroger. Ils avaient alors le temps de reproduire son discours, bien qu’ils le fissent à toute vitesse… et en ruin letra39, il faut bien le reconnaître !

 39 Mal écrit.

Parfois, les colegiales s’appuyaient simplement sur leur mémoire – qui, au dire des frailes, était prodigieuse alors qu’eux-mêmes pensaient qu’elle n’était que l’apanage de ceux qui avaient été élevés dans une tradition qui se diffusait de façon orale et où l’expression orale était un art apprécié entre tous. Sahagún reconnaissait que la collaboration des colegiales lui était indispensable, non seulement par leur connaissance de la langue, mais aussi du fait de leur capacité à retenir fidèlement de longs récits.

 

Mais il arrivait que l’ancien s’engage dans l’évocation d’une légende qui s’étirait dans le temps. Il contait toujours debout. Peut-on interrompre un conteur en plein récit, couper un chanteur dans son plain-chant ? Le récit conté est lui aussi « plain »40, il ne supporte ni rupture, ni accident. Dans ce cas, il était impossible de suivre avec la plume le rythme de la parole, la mémoire se heurtait ici à ses limites. Ils s’en étaient rendu compte le jour où ils avaient récolté, quelque temps auparavant, la leyenda del quinto sol41. Personne n’avait osé interrompre le conteur. Et il était impensable de demander à l’ancien de la redire par la suite à l’identique et assez lentement pour qu’on puisse la transcrire.

 40 Sans rupture, ni interruption (du latin planus).

41 Légende du Cinquième Soleil, sous le titre de Fábula del conejo en la luna, dans Codices Matritenses del Real Palacio, fol. 161v.

Martín n’était pas présent ce jour-là, mais on lui avait raconté comment Alonso avait, après la séance, montré au conteur les feuillets de Tepepulco – ceux-là même qui se trouvaient aujourd’hui éparpillés sur la table – et comment il lui avait expliqué le fonctionnement de l’écriture alphabétique en comparant les deux colonnes, celle du texte en images et celle du texte alphabétique. « Nous pouvons ainsi reproduire à l’identique ce que vous nous dites », lui avait expliqué Alonso – en utilisant les formes honorifiques, bien sûr. L’ancien avait eu l’air perplexe « Quel intérêt y a-t-il à répéter un tlahtolli42 à l’identique, avait-il pensé, vu que la beauté de la parole tient dans le seul élan, unique, de celui qui a capacité à bien la formuler ? ». Et il s’était aussi montré dubitatif sur la possibilité d’écrire au rythme de la parole. Alonso en avait profité pour lui proposer de le lui prouver : s’il l’acceptait, ils lui reproduiraient son récit à partir des feuillets qu’Alonso lui montrait – le brouillon qu’ils venaient d’écrire tant bien que mal – et il pourrait réagir chaque fois que ce texte ne serait pas conforme à ce qu’il avait dit. Le vieux avait accepté. « Alonso, tu nous sauves ! » avait murmuré Sahagún. Ils étaient maintenant en possession d’une légende dont ils pouvaient affirmer qu’elle était fidèle au texte oral.

42 Récit.

— A quoi penses-tu, Martín ? J’avais commencé à te dire qu’il nous faut réaliser une muestra de ce que sera notre œuvre une fois terminée.

Sahagún s’étonnait parfois du temps que mettaient les colegiales à lui répondre mais il était sûr que ce n’était pas un trait particulier aux habitants des terres chaudes comme le prétendaient certains. Fréquents étaient les débats sur la naturaleza43 des Indiens parmi les frailes. Personne ne niait el buen entendimiento44 des colegiales qui avaient survécu à la grande cocoliztli45 de 1645 et dont certains enseignaient maintenant au Colegio et étaient devenus ses indispensables collaborateurs. Sahagún, qui savait d’expérience à quel point leur collaboration lui était indispensable, pensait que si la Grande Faucheuse n’avait pas décimé autant de ses élèves pendant l’épidémie, ils auraient été assez nombreux pour faire taire les doutes sur leur naturaleza.

43 Nature, manière d’être.

44 Capacité de compréhension.

45 Epidémie.

Fray Bernardino montra d’un geste à Martín les feuillets qui se trouvaient sur la table devant lui, les cuadernillos46 où avait été réécrit par un copiste le travail réalisé à Tepepulco. Il les feuilleta jusqu’à trouver le chapitre qu’il cherchait et le plaça, ouvert, devant Martín. Le regard du colegial se porta sur les images, comme attiré par elles : le soleil, la lune, leurs éclipses, les constellations47.

46 Ensemble de cinq doubles pages de papier.

 47 Primeros Memoriales, University of Oklahoma Press, édition fac-similé. Photos : Ferdinand Anders, 1993.

Códices Matritenses del Real Palacio, f. 282r.

— Je ne veux plus des pinturas, Martín ! Ce que je veux, ce sont des mots, tu le sais. On voit bien que les pinturas ne représentent pas de façon réaliste les divinités, mais qu’elles suggèrent plutôt, à travers des signes, les différents mots qui sont employés quand on les évoque.

Códice Mendoza, fol. 70r.

Sahagún voulait des mots. Combien de fois avait-il lu et relu l’Organon d’Aristote48 ! C’était à l’époque, si lointaine, où tout son temps n’était pas occupé par son projet.

 48 Organon, Livre 4 : Analytiques II.

— Tu as peut-être lu l’Organon, continua-t-il, ou plus vraisemblablement la Dialectica Resolutio de fray Alonso de la Vera Cruz dont il y a un exemplaire à la libreria du Colegio ?

— ¡Cuántas vigilias y cuántas fatigas he yo empleado en aprender aquellos silogismos caudatos, aquellas oposiciones impenetrables y otras mil cosas de ese jaez!49 lui répondit Martín.

49 Combien de veilles et combien d’efforts ai-je consacré à apprendre ces syllogismes sans fin, ces oppositions impénétrables et mille autres choses du même genre.

Martín avait cité de mémoire le prologue de Vera Cruz où celui-ci disait chercher à simplifier Aristote pour les colegiales de la Nouvelle Espagne. Ce prologue lui rappelait, en effet, ses propres veilles.

 

— Fray Alonso de la Vera Cruz prétend que, dans son ouvrage, « quitó todo lo superfluo de la obra de Aristóteles y que no trato de poner nada de nuevo, sino de dar a lo antiguo tal orden que en brevísimo tiempo puedan nosotros, los colegiales, alcanzar el fruto. ¡Pero, Padre, si algo quitó fray Alonso de aquellas enmarañadas doctrinas, no ganaron mucho en claridad!50 »

50 Il a ôté tout le superflu de l’œuvre d’Aristote et il n’a cherché à y apporter aucun ajout, mais plutôt à ordonner l’ancien texte de façon à ce que nous autres, collégiens, nous puissions en peu de temps en tirer les fruits. Mais, mon Père, s’il a ôté quelque chose à ces doctrines embrouillées, elles n’en ont pas pour autant gagné beaucoup en clarté !

« Voilà que je parle comme un Espagnol51 », pensa Martín, surpris lui-même par sa réaction. Il n’avait pas l’habitude de parler sur ce ton. Sahagún continua pourtant calmement :

51 Texte tiré de Izcabalceta Bibliografía mexicana del siglo XVI, p. 81.

— Tu as raison, Martín, ne perdons pas de temps avec les théories. Aristote dit simplement que de faire la liste de toutes les choses désignées par un mot52 permet de donner une idée de ce dont on parle. Mais il dit aussi, et c’est ce point qui m’importe comme prédicateur, que si on indique quels sont tous les noms qui s’appliquent à une même chose53, on obtient ainsi des renseignements sur sa nature.

52 Une « définition en extension »

53 Une « définition en compréhension ».

Il se tut un instant, tant ce point était important. « Les dénominations engendrent la connaissance » aimait-il à dire à ses étudiants. Puis il ajouta :

 

— Ce que je veux faire, c’est una red barredera para sacar a la luz todos los vocablos de esta lengua con sus propias y metafóricas significaciones, y todas sus maneras de hablar54.

54 Une seine, un filet qui permette de mettre en lumière tous les termes de cette langue, avec leurs sens propres ou figurés, et toutes les différentes expressions.

Quelle étrange image ! Martín imagina les poissons attrapés dans la seine, sans échappatoire possible. Il se demanda pourquoi Fray Bernardino craint que des mots lui échappent ? Se rappelle-t-il que, lorsque les Frères sont arrivés ici, nombreux étaient ceux qui leur opposaient une grande froideur et refusaient de collaborer ? Ils étaient clairs, au début, dans leur attitude de refus alors qu’aujourd’hui ils cachent leurs superstitions et leur idolâtrie au lieu de s’opposer frontalement à nous. Le frère pense-t-il qu’ils cherchent à attraper les Espagnols dans leurs filets en se jouant des mots, et que le diable se trouve là-derrière ? Est-ce là l’origine de cette image ?

 

Fray Bernardino continua, sans prendre en compte ce silence :

 

— … sacar los vocablos y maneras de decir propias para hablar en lengua mexicana de todas las materias... et ajouta-t-il après un silence, las más de sus antiguallas, buenas y malas55.

55 Extraire de la langue tous les mots et toutes les expressions à propos de toutes les matières possibles… les formes les plus anciennes, les bonnes et les mauvaises diaboliques.

 C’était pourquoi la muestra irait en trois colonnes, et c’était pourquoi celle de droite rassemblerait tous les mots du texte, présentés comme ils doivent l’être dans un dictionnaire.

 
   
 
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V. Brouillon
 
   

 
   
   

Il était midi passé quand Mateo se mit à la tâche. Il voulait avoir réalisé, avant que Sahagún ne revienne, ce que celui-ci lui avait demandé : extraire chaque mot du texte, le définir au niveau grammatical et le traduire. C’était pour lui une bonne occasion de sortir de son travail de escrivano56. Celui-ci lui fournissait des revenus mieux que modestes, ce qu’il appréciait, mais il ne lui permettait pas de donner autant qu’il aurait voulu libre cours à son goût pour la grammaire.

56 Au Colegio de Tlatelolco, on appelait escrivanos d’anciens élèves qui n’étaient pas à proprement parler escribanos, c’est-à-dire notarios, et qui étaient plus que escrivientes, « copistes », dans la mesure où il fallait posséder de solides connaissances en grammaire et en orthographe pour réussir à copier ou à transcrire les textes en langue mexicaine.

Sahagún, sans cesse à la recherche de collaborateurs parmi ses anciens étudiants, savait Mateo buen gramático57. Il était maintenant temps de commencer à extraire le vocabulaire des textes recueillis de la bouche des anciens de Tlatelolco. Les trilingues étaient totalement occupés à la compilation de ces récits et à l’élaboration de leur forme écrite et le frère envisageait de les soulager de ce travail supplémentaire si d’autres pouvaient le réaliser à leur place sans trop de difficulté. Dans un premier temps il avait pensé à Andrés, mais celui-ci était occupé par les cours qu’il donnait au Colegio et par son travail de escribano au Tecpan de Tlatelolco – d’ailleurs le frère pensait à lui pour d’autres tâches, dont une future rédaction des premiers coloquios58 avec les religieux indiens dont il venait de découvrir un ancien rapport dans la bibliothèque du couvent. Il pensa alors à demander l’aide des escrivanos, qui tous avaient terminé leur cycle d’étude au Colegio, et son choix se porta sur Mateo.

57 Ayant des bonnes connaissances en grammaire.

58 Rencontre et débat.

« Tous les mots ! » lui avait dit le frère. Mateo lut le premier énoncé, qui se trouvait aussi à l’étroit entre les deux colonnes encore blanches, l’une à droite et l’autre à gauche, que les ruelles entre les murs des maisons de Tenochtitlan.

 

 

Cecempoaltica ÿneçauililoya

 

yquac ynilhuichiuililoya

Códices Matritenses del Real Palacio, f. 178r.

Il mit un point à la fin de la première ligne, si à l’étroit dans cette colonne centrale, un point un peu éloigné du mot pour qu’on ne le confonde pas avec une ponctuation – car un point était censé avoir pour fonction de terminer une phrase, ce qui n’était pas le cas ici où il devait séparer la colonne centrale de la colonne de droite. Toute son attention se concentra alors sur le verbe et il en oublia de transcrire le premier mot. D’ailleurs il n’en avait pas la place, tous les mots ne tiendraient pas sur la ligne. Or c’était là une demande expresse du frère : « Que chaque mot analysé soit écrit sur la même ligne que le texte où il apparaît ». Et fray Bernardino avait ensuite ajouté : « Tu donneras la forme primitive du verbe – on aurait aussi pu dire le verbe au présent – et tu la mettras à la première personne, c’est-à-dire précédé de ni ou de n ». Cependant le verbe était donné dans le texte, non pas à la première personne mais avec un sujet indéfini, non pas au présent mais à l’imparfait et, en plus, à la forme honorifique ! Mateo se concentra sur les difficultés et ne vit pas le temps passer.

 

Quand Sahagún arriva, il venait de terminer les deux premières pages et il s’était arrêté là, comme on le lui avait demandé. « Nous reverrons cela ensemble », lui avait dit le frère en lui remettant les feuillets sur lesquels il devait intervenir. Mateo avait soigné l’écriture, comme tout bon escriviente qui veut que son travail soit pérenne.

 

Sahagún appréciait la façon dont écrivait son ancien élève : lisible, rapide et économisant l’espace. Bien qu’utilisant la typographie des minuscules carolines, il en penchait la calligraphie vers la droite, reprenant en cela certains traits de la typographie italique créée, soixante ans plus tôt, par un libraire vénitien afin de réduire la taille des livres et d’en faciliter ainsi la diffusion. Il avait aussi repris à l’écriture cursive certaines ligatures entre les lettres, ce qui augmentait notamment sa rapidité.

Fondation Bodmer

 

Sahagún, tout comme Mateo, avait le secret espoir que le premier jet serait le bon, que le travail serait pérenne. Mais une fois commencée la lecture, il déchanta vite. Il tira vers lui le premier feuillet et prit la plume et l’encrier que venaient d’abandonner el escrivano. « Non, se dit celui-ci, pas déjà ! »

 

— La deuxième colonne rentre dans la colonne centrale, on ne les distingue pas bien l’une de l’autre, ton point n’est pas suffisant !

Et fray Bernardino traça un trait qui indiquait qu’il fallait plus espacer le mot, pour qu’on voie bien qu’il s’agissait d’une autre colonne. Et de même à la ligne suivante.

— Il faudra tout recopier, l’analyse des mots se mêle au texte, dit-il, on ne repère pas bien les colonnes. Ce texte sera un borrón !

Vu la mine atterrée de Mateo, il précisa :

— Le mot borrón, tu sais ce qu’il signifie aujourd’hui ? Maintenant que l’imprimerie existe, ce mot ne désigne plus seulement la gota de tinta que cae en el papel y lo mancha59, il désigne aussi le travail de correction qui se fait sur le manuscrit avant qu’il soit donné à l’imprimeur…

59 La goutte d’eau qui tombe sur le papier et y fait une tache.

— Un borrador60 ?

60 Brouillon.

— Oui, c’est ainsi que l’appelle Pedro Orcharte. Ne prends donc pas ces corrections comme une critique de ton travail. Bien au contraire, c’est l’expression du fait que nous collaborons, vous, les escrivanos et les collégiens, et moi-même. D’ailleurs d’autres reliront ce texte, qui recevra sûrement encore de nouvelles corrections.

— Vous croyez qu’il sera imprimé ? demanda Mateo.

— Dieu seul le sait, répondit le frère, mais c’est mon secret espoir.

Ils poursuivirent la révision. Et, les lignes suivantes, Sahagún ne trouva rien à redire. Puis Mateo le vit suspendre sa respiration… et lever la plume.

— Existe-t-il une règle qui soit générale ? soupira Sahagún. Il y a toujours des exceptions ! Mateo, le soleil parle-t-il ? Et, devant l’absence de réponse : on peut seulement mettre à la première personne les verbes que prononcent les hommes, cela ne marche pas quand le soleil est le sujet de la phrase !

Le frère se demandait à quoi correspondait l’étrange forme qu’avait concoctée el escrivano pour ce verbe qui désignait le passage du soleil à midi. Même si le nahuatl était une langue formidablement combinatoire, qui permettait de nombreuses inventions, le mot Monnopiloa qu’avait écrit Mateo n’avait ni forme, ni sens. A la première personne on aurait pu avoir Nonnopiloa, « je m’éloigne en tombant », et pour désigner le soleil qui déclinait, déjà bas, on aurait pu avoir Ommopiloa, mais Monnopiloa, non ! Il en barra d’un trait ferme les préfixes qui n’avaient pas lieu d’être et rétablit la forme correcte, à la troisième personne : Monnopiloa. Puis il en barra la forme prétérite, omõnopilo61, et, du coup, un borrón – une goutte d’encre – tomba sur la feuille. Et à la ligne suivante, il corrigea encore : Ninotzcaloa ! Il ratura le préfixe ni (je) et remplaça le « n » par un « m » de troisième personne : Motzcaloa – il s’agissait du soleil qui déclinait. Et la ligne d’après encore ! onicalac in tonatiuh – « Ponerse el sol », à la première personne ! La brise qui rafraîchissait la pièce le matin s’en était allée et la chaleur devenait pesante.

61 Transcription des Códices Matritenses del Real Palacio, f. 178r.

 

« Voilà, c’est bien un borrón », dit Sahagún et, sans plus hésiter, il se mit à revoir l’organisation des mots que lui-même avait proposée : c’était beaucoup trop long et, quelle que soit la petitesse de l’écriture, la liste des mots traduits ne tiendrait pas dans la colonne de droite. Il vérifia avec Mateo que c’était la raison pour laquelle celui-ci n’avait pas reproduit le premier mot. Oui, ce qu’il demandait était irréalisable, il fallait simplifier. Il lui fit alors rayer, verbe près verbe, ligne après ligne, chaque forme primitive : on n’en avait finalement pas besoin. Puis ils rayèrent toutes les formes prétérites, ce qui plaçait la traduction en premier. Le verbe traduit apparaissait du fait de ces corrections après la forme prétérite, cela n’allait pas ! Alors ils changèrent l’ordre et recopièrent toutes les formes prétérites à la suite des traductions. « On gagne ainsi suffisamment de place », approuva Sahagún, en regardant le résultat :

 

Niq’toa. pto oniq’to. Dezir algo. pto oniq’to

 

Et ils continuèrent ainsi, verbe après verbe, ligne après ligne, jusqu’à la fin du paragraphe Tonatiuh, jusqu’à ce que le soleil se couche.

 

Sahagún décida qu’il demanderait aux colegiales de jeter un coup d’œil à cette muestra qui nécessitait finalement d’être revue plusieurs fois. Il appréciait cette possibilité que lui offrait le borrón, car cette façon de faire, si innovante, permettait qu’ils interviennent les uns après les autres sur les textes. Le geste d’écrire n’impliquait désormais plus un unique auteur.

 

Mateo était parti. Avant de ranger les feuillets, Sahagún y jeta un dernier coup d’œil, et son regard se fixa sur les dernières lignes :

 

— Ah, ces escrivanos ! s’exclama-t-il. Comment ne l’ai-je pas vu ? Pourtant je lui ai fait rajouter pto. qu’il avait oublié de placer avant le verbe qua qu’il avait extrait de la forme tequaquiui, « vendrannos a comer62 ». Et je n’ai pas vu qu’il avait écrit cua au lieu de qua ! C’est une vraie manie que de nombreux escrivanos partagent, je me demande pourquoi.

 

62 Transcription des Códices Matritenses del Real Palacio, f. 178.

 

Il rencontra Andrés le jour suivant et l’arrêta pour lui en demander la raison :

— Andrés, pourquoi les escrivanos font-ils si souvent l’erreur d’écrire cua au lieu de qua ?

— Ce n’est pas une erreur, Padre, c’est un choix ! lui répondit Andrés. Et devant son regard interrogateur, il précisa. On voit que vous, les frères, n’assistez pas à leurs disputes ! Mais il est vrai qu’ils n’osent pas devant vous, ajouta-t-il en riant, et il lui expliqua : il y a les partisans du « oa » qui s’opposent aux partisans du « ua »… et pour rien au monde celui qui écrit « iuan » (avec) ne l’écrirait « ioan », et il s’oppose à celui qui l’écrit ainsi. Sans parler des discussions où les uns disent qu’il ne faut pas écrire de nasale à la fin de ce mot car elle ne s’entend pas – ils écrivent « iua » –, et les autres, qu’il faut en mettre une, mais il y a les adeptes du « n »« iuan »– qui s’opposent à ceux du « m »« iuam ». Par contre, cela te surprendra peut-être, Padre, mais ils sont presque tous d’accord pour écrire « cualli » avec « cu » – car, disent-ils, on trouve ce même son dans « cuica » et « cuepa » –, plutôt qu’avec « qu », lettres qui transcrit, disent-ils, un autre son, comme dans « quilitl » ou dans « quema ». Et, ce faisant, ils prétendent qu’ils sont plus sensibles aux sons que vous autres, Castillans. Vous nous avez apporté une écriture qui les émerveille car elle réussit à reproduire les sons, et pourtant vous imposez des règles qui ne permettent pas d’entendre correctement les sons dans leur infinie variété, et de plus vous ne transcrivez pas nos longueurs, nos aspirations, nos saltillos. Cela les surprend.

— L’écriture doit être unifiée, Andrés, il faut respecter les règles de l’orthographe, elles ne supportent pas de variantes.

— Oui, Padre, ils le savent et c’est pourquoi ils se soumettent à la règle et finissent, pour beaucoup, par accepter d’écrire qua. Mais cela leur coûte !

Andrés se garda bien d’ajouter que les escrivanos faisaient souvent l’éloge de la variante en arguant que c’était un trait caractéristique de l’écriture des anciens tlacuilo. « Mais ils s’accoutument à vos règles, ajouta-t-il, car l’accoutumance, chez nous, fait partie du savoir63 ».

 63 Le verbe mati (savoir, sentir) signifie « s’accoutumer » à la forme réfléchie.

   

Sahagún décida, à la suite de cette séance, qu’il valait mieux demander à l’un des trilingues d’extraire le vocabulaire des textes qui seraient présentés dans la muestra. Cela éviterait beaucoup d’erreurs, et il voulait que la copie au propre64, celle qu’on remettrait aux autorités franciscaines, soit impeccable. Ce que ne dit pas l’histoire, c’est s’il eut besoin de préciser à Diego, el escrivano qui réalisa cette copie, qu’il fasse attention de bien écrire qua, ou si celui-ci le fit de son propre chef.

64 Transcription des Códices Matritenses del Real Palacio, . 160v.

 

 

   
 
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VI. Le soleil…
 
   

 
   
   

… venait de se lever, Antonio marchait rapidement sur la calzada65 qui menait de Tenochtitlan à Tlatelolco. Il avait hâte de rejoindre les autres colegiales : ils ne quittaient quasi plus le Colegio tant ils étaient occupés. Ils termineraient bientôt le chapitre – ou plutôt le livre, tant ils avaient recueilli de données – sur le tonalamatl, le calendrier divinatoire dont fray Bernardino disait à qui voulait l’entendre – mais tous ne voulaient pas l’entendre ! – que c’était pure nécromancie, vraie source d’idolâtrie. Antonio désirait jeter un coup d’œil sur le chapitre de la muestra qui traitait des astres pour en vérifier la teneur avant qu’il ne soit remis au copiste : il fallait que ce soit parfait ! Le capítulo de la Provincia franciscana suivait, en effet, avec attention le développement de l’enquête sur les traditions de los naturales de Nueva España66 que Francisco de Torral, alors qu’il était provincial67 quelques années auparavant, avait demandée à Sahagún de réaliser. Personne ne doutait de la récolte, la pile des cuadernillos68 grossissait de mois en mois, et le frère réclamait toujours plus de papier, plus d’encre, plus de escrivanos. Mais il y avait ceux qui doutaient que cela soit útil para la doctrina, cultura y manutencia de la cristiandad destos naturales69. Et il y avait aussi algunos émulos que habían afirmado que todo lo escripto en estos cuadernos eran ficciones y mentiras70.

65 Route.

66 Habitants originaires de Nouvelle Espagne.

67 Superior de las casas de la provincia franciscana de México.

68 Assemblage de feuilles de papier.

 69 Bernardino de Sahagún, Historia General, Lib. II, Prólogo.

70 Bernardino de Sahagún, Historia General, Lib. VI, Prólogo

Arrivé au Colegio, Antonio tira la porte derrière lui et s’arrêta un instant pour goûter le calme relatif des lieux. Le bullicio71 de la calle, particulièrement bruyant autour de la caja de agua72, était ici étouffé par les murs.

71 Tumulte.

72 Citerne (construite par les franciscains avec le couvent de Santiago à Tlatelolco).

— Fray Bernardino ne va pas tarder à arriver, lui dit Martín, il a été retenu au couvent. Je vais te montrer ce que nous avons déjà fait.

Antonio prit les feuilles que lui tendait Martín.

— Oh ! dit-il.

— C’est un borrón, lui expliqua Martín.

Antonio regarda le premier feuillet. Il lut le titre du chapitre – Ic ome cap. ytechpa tlatoa y[n]tonatiuh, y[n]metztli, yoã y[n]cicitlalti yoan y[n]muchi tonalpoalli73 –, il lut le titre du premier paragraphe – Tonatiuh74 –, il lut les premières lignes du texte : Por honra del sol ayunaban de veinte en veinte días

 73 « El 2° cap. trata del sol, y de luna y estrellas y de los agüeros de cada dia del año » (Le deuxième chapitre traite du soleil, et aussi de la lune et des étoiles et des présages pour chaque jour de l’année [définie d’après le tonalpohualli]). Códices Matritenses del Real Palacio, fol. 178r.

74 Soleil.

Ecoute, dit-il, s’il est écrit que «ayunaban y le hacian fiesta de veinte en veinte dias75 », c’est bien que l’ancien parle du soleil comme d’un dieu. Alors pourquoi ne pas lui avoir donné son titre divin, celui par lequel on le saluait au lever du jour, Xiuhpilli Cuâuhtlehuanitl ?

75 « Cempoaltica yn neçauilioya iquac inilhuichiuililoya » (S’ils jeûnaient et célébraient sa fête tous les vingt jours).

Martín resta pensif.

 

— Il faut introduire ce mot, insista Antonio, et il écrivit sur le borrón, après tonatiuh, Sippilli Quauhtlehuanitl. Ce nom montre que le soleil était considéré comme un dieu… D’ailleurs, puisque c’est le nom d’un dieu, il faut le préciser et il écrivit teutl « dieu » après Sippilli Quauhtlehuanitl.

 

Martín aurait voulu l’arrêter :

 

— In tônatiuh, amo teôtl ! In mêtztli, in cicitlâltin, ayâc teôtl 76 !

76 Le soleil n'est pas un dieu ! La lune, les étoiles ne sont pas des dieux ! Códice Florentino, I, 1 fol. 30.

— Mais, Martín, tu ne peux nier, même si cela te contrarie, que les anciens considéraient le soleil comme un dieu ! Et peut-être même le principal des dieux ! Souviens-toi de l’adage : Teôtl quâlo tlâlolîni77. Tu sais bien que le soleil, tônatiuh, avait aussi pour nom, teôtl78 !

 77 « Tevtl qualo tlallolini. Yn teutl. Quitoznequi tonatiuh. » (Dieu est mangé [il y a une éclipse], la terre va trembler.) Teotl signifie « soleil ». Códice Florentino, I, 82.

78 « In tonatiuh, çan vel itoca catca teutl […] mijtoaia valquiça teutl » (Le soleil, son nom c’était teotl… on disait (le matin) « Dieu s’est levé »). Códice Florentino, lib. 11, cap. 9.

 

 

— Ce n’est pas la question, lui répondit Martín. Le problème est que ce chapitre devait traiter de filosofía natural79 et donc décrire les astres comme des cosas celestiales80, et non comme des divinités. Nous avons donc interrogé les anciens dans ce sens, de façon à ce qu’ils nous décrivent, avec leurs propres expressions, la réalité telle qu’ils la voient. Nous voulions obtenir une description purement astrologique81.

79 « Este capítulo tratara de la filosofía natural que alcanzaron estos naturales de esta Nueva España. »(Ce chapitre traitera de la philosophie naturelle [explicable par les lois de la nature] que développèrent ceux qui étaient originaires de ces terres de Nouvelle Espagne.) Códice Florentino, lib. VII, Título.

80 Choses célestes.

81 Aujourd’hui on dirait astronomique.

— Et le dialogue, ainsi instauré avec les anciens, fut satisfaisant ? demanda Antonio.

 

Il n’y eut pas de réponse, car Sahagún arriva sur ces entrefaites. Il resta songeur devant la forme Sippilli Quauhtlehuanitl qu’Antonio venait d’écrire sur le borrón et leur fit part de ses doutes :

 

— Xippilli Cuauhtlehuanitl, en tant que titre divin, n’a pas sa place dans une description des astres car c’est un nom propre. On ne l’employait que quand on s’adressait au soleil.

 

— Mais on peut aussi s’adresser au soleil en employant le mot tonatiuh, insista Antonio : Tônatiuhé « Oh soleil ! ».

 

On dirait plutôt Nanâhuâtlé82. « Oh Nanahuatzin ! », intervint Martín, et il précisa : « Nanâhuâtzin, el buboso, él que se arrojó en el fuego divino y salió hecho sol83. »

82 « Tonatiue. q[itos]n[equi] nanauatle » (Tonatiue veut dire nanauatle). Códice Florentino, I, 83.

83 Le (dieu) boutonneux, celui qui qui se jeta dans la fournaise des dieux et en sortit transformé en soleil.

 

Un nouveau dieu s’était convié à leur table.

 

— Est-il possible de décrire le monde sans évoquer sa création ? demanda alors Antonio, et il se tut.

 

L’argument était de poids. La filosofía natural visait à établir les relations correctes existant entre foi et science. On attendait que  le récit de l’origine du monde, telle qu’elle était révélée dans la la Bible, coïncide avec la connaissance scientifique des astres. La science se devait d’être purement rationnelle. Par contre la magie, que certains naïfs considéraient scientifique, était désormais largement mise en doute car elle relevait de l’expérimentation, considérée irrationnelle car guidée au mieux par le hasard, au pire par les croyances populaires  – le tonalamatl n'en était-il pas la meilleure preuve ? – En relisant le borrón, où l’ancien réduisait la description de la lune à l’évocation des éclipses et des réactions de peur qu’elles provoquaient chez les femmes enceintes, Sahagún avait immédiatement repris l’enquête : il fallait décrire l’astre, ni plus, ni moins. Il tendit aux collégiens un nouveau feuillet où avaient été notés les résultats de cette entrevue.

 

Regardez, dit fray Bernardino, l’ancien a réussi à  décrire l’astre tel qu’ils le voient de leurs yeux, sans évoquer les dieux. Et, du doigt, il pointa la première phrase : la nouvelle lune ? Un arquito de alambre delagado84.

 

– Ah bon, il a dit ça ? s’étonna Antonio.

— La lune pleine ? Una rueda de molino grande, muy redonda y muy colorada85 .

— Un molino, vraiment ?

Et le vieux a ensuite indiqué que cuando va subiendo, se para blanca o resplandeciente et alors, a-t-il précisé, parece como un conejo en medio de ella86

84 Un petit arc, tout fin, en fil de fer.

85 Une grande roue de moulin, toute ronde et rouge.

86 La lune croissante est blanche, intensément lumineuse… et laisse voir en son milieu un lapin.

 

— Un lapin !

 

Il devenait de plus en plus évident que les anciens ne décriraient pas le monde sans évoquer sa création. Ils décidèrent donc d’intégrer dans la copie au propre de la muestra le récit de la création du soleil et de le placer à la fin du paragraphe Metztli. D’ailleurs, ce texte se trouvait juste à côté, rangé dans le librero, ils allèrent le chercher. La rumeur courait que ce récit avait été recueilli quelques temps auparavant par les colegiales et qu’il avait été transcrit dans les meilleures conditions, mais ce n’était là qu’une rumeur qui s’était propagée amplifiée, distordue au gré des jours… Qui se fierait à une rumeur ?

 

— Il faudra extraire le vocabulaire de tout le texte, annonça fray Bernardino et, comme personne ne se proposait pour cette tâche, il se dit qu’il résoudrait ce point plus tard. Et nous lui donnerons un titre, La fábula del conejo en la luna. Ce choix était sans appel.

 

Aux premières lueurs de la première aube les dieux s’agenouillèrent pour attendre qu’apparaisse le soleil, sans savoir de quel côté il surgirait. Et quand il apparut, personne ne pouvait le regarder en face, tant il resplendissait. Le soleil parut le premier, et derrière lui, la lune, dans l’ordre où ils s’étaient jetés dans la fournaise, et ils brillaient autant l’un que l’autre. Les dieux se concertèrent : « Est-il bien qu’ils brillent autant l’un que l’autre ? ». L’un d’eux partit en courant et il jeta un lapin à la face de Tecuciztecatl, celui qui s’était jeté le second dans le feu. C’est ainsi qu’il obscurcit l’éclat de son visage, son rayonnement. Et aujourd’hui encore la lune est ainsi87 .

 87 « Luego los dioses se sentaron a esperar a que parte vendria salir el Nanaoa. Despues que estuvieron gran rato esperando, començose a parar colorado el cielo, y en toda parte aparecio la luz del alva… Y dizen que despues de esto los dioses se hincaron de rodillas para esperar a donde saldria Nanaoa hecho sol Y cuando vino a salir el sol, parecio muy colorado; parecia que se contoneava de una pa rte a la otra; nadie lo pudia mirar, porque quitava la vista de los ojos… y cuando vino a salir el sol, parecio muy colorado; parecia que se contoneava de una parte a la otra; nadie lo pudia mirar, porque quitava la vista de los ojos… Primero salio el sol, y tras el salio la luna; por la orden que entraron en el fuego, por la mesma salieron hechos sol y luna… Y dizen […] que tenian igual luz con que alumbravan… Desque vieron los dioses que igualmente resplandecian, hablaronse otra vez y dixeron: ‘¡Oh, dioses! ¿Como sera esto? ¿Sera bien que vayan ambos a la par? ¿Sera bien que igualmente alumbren?’… Y luego uno de ellos fue corriendo y dio con un conejo en la cara a Tecuciztecatl; escureciole la cara y ofuscole el resplandor, y quedo como agora esta su cara. » Códices Matritenses del Real Palacio, fol. 161v.

 

La nuit suivante, Sahagún n’arrivait pas à trouver le sommeil, il ruminait sa déception : « Plus nous avançons dans notre compilation des données relatives aux choses du ciel, plus je me rends compte que los naturales de esta tierra son como nuestros antecessores, ansí griegos como latinos. Está muy claro por sus mismas escripturas, de las cuales nos consta quan ridiculosas fabulas inventaron del sol, y de la luna, y de algunas estrellas. Les atribuyeron divinidad88 ! Et moi qui pensais, au début, et comme tant d’autres, que leur calendrier s’appuyait sur une description des astres ! Le frère se demandait si ses interlocuteurs n’avaient que peu de connaissances en astrologie ou s’ils lui cachaient leurs savoirs. Il penchait vers la première interprétation car, se disait-il, la materia de que se trata en este capítulo va tratada muy bajamente, los ancianos dieron la relación de las cosas muy bajamente, según que ellos las entienden, y en bajo lenguaje89.

88 Combien de fables ridicules ont-ils inventés à propos du soleil, et de la lune, et de quelques-unes des étoiles ! Et ils en firent des divinités ! Códice Florentino, lib. VII, Prólogo.

89 La matière dont il est sujet dans ce chapitre est traitée de basse façon, les anciens relatèrent les choses de vile façon, selon leur façon de les comprendre, et dans un langage de bas niveau. Ce chapitre qui traite de l’astronomie telle que la comprirent ceux qui étaient originaires de Nouvelle Espagne déplaira avec raison au lecteur. Códice Florentino, lib.VII, Al Lector.

 

Quelques mois plus tard, Mateo passa à la salle où travaillaient les escrivanos pour y chercher Diego. Il le trouva en train de faire la copie au propre du borrón90. Les trois colonnes se voyaient maintenant clairement distinctes. Celle du centre, écrite en caractères plus grands, attirait le regard du lecteur – il aurait ainsi envie de lire le texte en langue. De plus, des numéros placés au-dessus des mots les reliaient à leur traduction, dans la colonne de droite, où chacun d’eux était accompagné du numéro correspondant – le lecteur, d’un seul coup d’œil, pouvait ainsi vérifier le sens du texte. La colonne de gauche, celle qui était réservée à la traduction littérale, était écrite en caractères de petite taille ce qui lui donnait toute la place dont elle avait besoin pour rendre de façon prolixe, parfois explicative, ce qui était dit dans le texte en langue.

 90 Códices Matritenses del Real Palacio, fol. 161v.

 

 

 

— ¡Qué bonito! s’exclama Mateo, admiratif.

 

Il avait pris les feuillets et les scruta attentivement, l’un après l’autre.

 

— Mais quel est ce récit ? Il n’y avait pas de récit dans le borrón!

 

— Ils l’ont rajouté par la suite. C’est un tlahtôllôtl91, l’histoire de la création du soleil, lui répondit Diego.

91 Histoire de la vie de quelqu’un.

 

— Mais à lire le titre en castellano, La fábula del conejo que está en la luna,92 on croirait plutôt qu’il s’agit d’une fable d’Esope ! s’exclama Mateo.

92 La fable du lapin qui se trouve sur la lune.

 

— Cela m’a surpris, moi aussi. Je l’ai fait remarquer à don Martín et lui ai proposé de le remplacer par La leyenda del quinto sol. Bon, tu peux imaginer sa réaction ! Tu sais bien que les trilingues n’aiment pas que nous, de simples escrivanos, nous nous en mêlions, mais là, quand même, je n’ai pas pu m’en empêcher ! Il m’a répondu que le mot leyenda ne s’employait que pour la vie des saints. Et ces récits, eux, on les lit au réfectoire. « Et il n’y aurait pas un autre mot ? » lui ai-je demandé. Il paraît que fábula montre clairement que ce sont des récits inspirés par le Malin, boberías para niños93. Bon, tu connais leur point de vue…

 

93 Enfantillages.

— Viens, partons, lui dit Mateo. Rentrons chez nous.

 

   
 
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VII. L’insoutenable fugacité du bien
 
   

 
   
   

Alonso fut contrarié d’entendre qu’il y avait des visiteurs dans la salle de travail. De loin, il reconnut à sa petite taille Francisco Cervantes de Salazar, qui était accompagné de deux inconnus. Heureusement fray Bernardino s’apprêtait à les reconduire à la porte. Alonso attendit qu’ils soient partis pour entrer dans la salle de travail :

 

— ¡Ahhuel îpan cualli! « Question taille, il n’est vraiment pas dans la moyenne, trop petit ! » dit-il, peu amène.

 

— Mais cela ne l’empêche pas de nous prendre de haut et de nous traiter avec commisération ! reprit Martín sur le même ton.

 

— ¡Ay, Martín, mísero de tí!94.

94 « Pauvre de toi ! ».

 

Alonso faisait allusion au fait que Cervantes de Salazar ne pouvait s’empêcher, lorsqu’il évoquait les natifs de Nouvelle Espagne95, de leur accoler le qualificatif de miserables.

95 Francisco Cervantes de Salazar, Crónica de la Nueva España, Libro I, Cap. XXIX, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, edición de Manuel Magallón

 

De retour, Sahagún ferma la porte d’un coup sec, mettant ainsi un point final à la visite de Cervantes et aux commentaires sur celui-ci. Il annonça, sans autre préalable :

— Il nous faut maintenant commencer un nouveau chapitre.

— Pourquoi tant de hâte ? Nous n’avons même pas fini le chapitre qui traite des astres ! Il nous manque, pour qu’il soit terminé, d’y insérer la description du tônalpôhualli qui est annoncée dans le titre et…

Alonso n’eut pas le temps de terminer, fray Bernardino l’interrompit.

— ¡Ni hablar!96

96 « Pas question ! »

 

Cette exclamation le laissa interloqué. Sahagún exprimait par ce cri une colère qui était rare chez lui –il était connu pour son calme. Le frère se reprit :

— Nous savons maintenant que le tonalpohualli no es conforme al circulo del año97, il ne compte que 260 jours. Il n’a donc pas été conçu à partir de l’observation des astres et, de ce fait, il n’a pas sa place dans un chapitre de filosofía natural98, qui décrit les choses du ciel. On voit bien que los tonalpouhque no se regian por los signos, ni planetas del cielo, sino por una instrucción que, segun ellos dicen, se la dejo Quetzalcoatl. Esta manera de adivinanza de ninguna manera puede ser lícita, es arte de nigromantica, o pacto y fabrica del demonio99.

97 « Ne correspond pas à l’année calendaire »

98 Aujourd’hui, physique

99 « Ceux qui savaient interpréter le tonalpohualli ne s’appuyaient ni sur les signes [du zodiaque], ni sur l’étude des planètes, mais bien sur une tradition qui, disaient-ils, leur venait de Quetzalcoatl. Ce type de divination est totalement illicite, c’est de la nécromancie, qui est pacte avec le démon et invention diabolique. » CF, Lib. IV, Prólogo

— Et de quoi va-t-on alors traiter ?

— De la tlacayotl100.

100 « Tout ce qui a trait à l’homme ».

— Euh… de la tlahtocâyôtl, la lignée des seigneurs ?

— Non, non… j’ai bien dit tlacayotl, « l’humanité en général, toutes les catégories d’hommes ».

— Choisir de traiter des hommes après les astres change le plan de l’enquête de Tepepulco101. Pourquoi ?

101 Primeros Memoriales, University of Oklahoma Press, édition fac-similé : Jnic vme Cap. ytech tlatoa in ilhuicacaiutl // chapitre 3, Jnic ey capitulo ytech tlatoa in tlatocayutl

— Los astrologos fundan su adivinanza en la influencia de las constelaciones y planetas. Por esta causa tolerase su adivinanza y permitese en los repertorios que el vulgo usa… pero con tal condicion que nadie piense que la influencia de la constelacion hace mas que inclinar a la sensualidad y que ningun poder tiene sobre el libro albedrio102. C’est pourquoi, après avoir traité des astres et de leur influence sur les hommes, il est fondamental de mettre en avant le libre-arbitre, la faculté qu’a chaque être humain de se déterminer librement et d’agir de par sa propre volonté : tous les êtres humains, homme ou femme, à chaque âge de la vie, en el conjunto de parentescosegún su dignidad, su oficio, su cargo103. Trop nombreux sont ceux qui croient que le destin est à l’origine de ce qui leur arrive, alors que chacun est seul responsable de ses actes. Nous ferons la liste de las condiciones buenas y malas de cada ser humano104 et nous recueillerons ce que les anciens ont à dire pour toutes ces façons d’être… según la inteligencia, y pratica, y lenguaje que la misma gente tiene dellas105, précisa-t-il après un silence. Et nous le traduirons immédiatement pour l’intégrer à la muestra.

102 « On considère licite l’activité des astrologues qui devinent et prédisent l’avenir des hommes en prenant en considération le signe de leur naissance. Ils appuient leurs prédictions sur l’étude de l’influence des constellations et des planètes. C’est pour cela qu’on les tolère et qu’on laisse paraître les catalogues qu’utilise le peuple… mais à condition que personne ne pense que l’influence des planètes n’a d’autre effet que sur les sens et aucun pouvoir sur le libre-arbitre. » CF, Lib. IV, Prólogo

103 « Dans le système de parenté, selon sa condition  sociale, le type de travail qu’il effectue, ses responsabilités dans la communauté. » CF, Lib. IV, Prólogo

104 « La façon qu’a chacun d’être bon ou mauvais».

105 « Avec les mots qu’utilisaient les gens dans la langue, leur sens et leurs usages ». CF lib. X, Prólogo.

— Il s’agit de la langue, rétorqua Alonso. Vous, les frailes, vous employez  les mots cualli ou amo cualli106 pour qualifier les comportements virtuosos ou viciosos. Vous dites in cualli tahtli et in âmo cualli tahtli, mais on ne parlait pas tout à fait ainsi autrefois –il était un peu hésitant.

106 « Bon » et « Mauvais (négation de cualli) ».

— Et que disait-on autrefois ?

— Si je ne me trompe, il n’était pas dans l’usage courant de qualifier un être humain de cualli, et encore moins amo cualli, même si aujourd’hui, parmi les nôtres, nombreux sont ceux parlent ainsi, en reprenant les mots des prédicateurs. Depuis votre arrivée, la langue a beaucoup évolué. Comme je n’avais que dix ans quand je suis entré au colegio, je me suis tellement habitué aux nouvelles façons de parler que parfois je ne remarque même plus la différence entre les usages  anciens et les usages récents. Disons que je parle de façon moderne et, ajouta-t-il un peu moqueur, les anciens ne l’apprécient guère. Mais là j’ai une réticence sur l’emploi que vous faites de ces mots…, que nous faisons de ces mots, se reprit-il.

Cette question le tarauda toute la journée. Sur le soir il décida de sortir marcher. Il allait sans but, évitant simplement les nombreuses impasses car les chemins étaient souvent interrompus par un canal. Il se retrouva sans le vouloir devant le lac. Le soleil déclinait. Le ciel s’embrasait de couleurs rougeoyantes. C’était l’heure où les tout-petits pleurent, où la lumière s’apprête à faire place aux ténèbres.

— Que c’est beau, s’exclama-t-il, mais comme cette beauté est éphémère ! Après le jour vient la nuit...

Il s’accroupit et laissa sa pensée se construire au gré de ce qu’il ressentait. Il lui revint à l’esprit l’enquête qu’ils étaient en train de faire sur le tônalpôhualli. Dans ce cadre, le mot cualli ne s’opposait pas à âmo cualli de la même façon que bueno à malo. Ces mots exprimaient des contraires dans la langue castillane où, pour qualifier quelqu’un, on était obligé de choisir : o bueno, o malo, c’était soit l’un, soit l’autre.

Dans l’ancienne tradition mexicaine, à celui qui naissait un jour tlanepantlah107, il était prédit un destin dont on disait qu’il était cualli îhuân âmo cualli, littéralement « bon et mauvais ». Dans cette expression, cualli était indissociable de sa forme négative, à laquelle elle était reliée par la relation îhuân, littéralement « avec ». Pourtant, quand il s’agissait de cette expression, les frères traduisaient îhuân, non pas par « et », mais par « ou » –se trompaient-ils ou le faisaient-ils volontairement ?–, marquant ainsi qu’en castillan le bien s’oppose au mal de façon radicale, essentielle, que ce sont des contraires. D’associer des contraires revenait à les annuler. C’est pourquoi les frères disaient que ces jours-là étaient « indifférents », comme s’ils annulaient le bien et le mal.

107 Gabriel K. Kruell, « ¿Qué significa estar nepantla? Una reflexión en torno a la lógica ambivalente de los antiguos nahuas », manuscrito en proceso de publicación.

— Cela n’a aucun sens, se dit Alonso. Les jours tlanepantlah ne président pas à un destin « indifférent ». La vie de celui qui naît un tel jour, un « jour du milieu », est d’abord sujette à la chance, puis la chance disparaît, tout comme la lumière du jour qui disparaît le soir venu, tout comme le soleil qui, une fois arrivé au zénith, se met à décliner. La négation âmo annihile cualli de la même façon qu’au jour succède la nuit et à la vie, la mort. Elle n’exprime pas un contraire.

Ceux qui avaient la malchance de naître « au milieu » connaissaient donc le bonheur puis le malheur, comme s’ils étaient nés au moment où au jour vont succéder les ténèbres. Et quant à ceux qui avaient eu la chance de naître un jour dit cualli et qui avaient ainsi mérité un destin heureux, ceux-là n’étaient jamais sûrs non plus qu’il ne tournerait pas à leur défaveur.

— Le mot cualli désigne une qualité vraiment fugace, répéta Alonso. Pour peu qu’on soit né un jour tlanepantlah, le destin tourne de faste en néfaste, et personne n’y peut rien. Et, par ailleurs, si on est né un jour cualli, on peut perdre le bonheur que vous a attribué le destin et cela dépend alors de votre comportement. Les anciens disent que cela arrive pour peu qu’on soit négligent, paresseux108. Mais ils évoquent aussi les rebelles, les impies qui ruinent leur chance109. Ces deux comportements, tellement négatifs, tellement âmo cualli, sont vraiment différents. Sont-ils incompatibles ? En fait, pas tant que ça, car ils se situent tous deux aux extrêmes : d’un côté on a le tlatziuhqui qui est totalement, excessivement inactif et, de l’autre, le tlahuêlîlôc, le rebelle, le furieux, l’excessif. Des comportements tout aussi répréhensibles l’un que l’autre.

108 Tlatzihui. Les descriptions que donnent les contes modernes du tlatziuhqui, « le paresseux », évoquent des symptômes que la tradition occidentale attribue à la dépression.

109 Tlacalhuia ou tlahcalhuia.

Alonso se parlait à lui-même, il posait les questions, donnait les réponses… Peu à peu il se mit à parler à haute voix.

— Oui, cualli désigne une qualité appréciable entre toutes, et c’est pourquoi on peut traduire ce mot par « bien, bon ». Mais bonne, cette qualité l’est parce qu’elle définit une moyenne : ni trop, ni trop peu. L’équilibre est une condition que pose le qualificatif cualli, et le mot tlahuêlîlôc exprime donc son contraire, tout comme tlatziuhqui d’ailleurs. Tlahuêlîlôc, répéta-t-il pensif, et il le fit à voix haute.

Il entendit alors un rire, tout proche, dans son dos. Il se retourna brusquement pour voir qui était là : il n’y avait personne ! Son cœur se mit à sauter dans sa poitrine, à trembler comme s’il avait froid, comme une cougourde séchée dont on secoue les graines.

— Repose-toi, rafraîchis-toi ! Il parlait à son cœur comme s’il était un autre tout en étant lui-même.

Alonso en était conscient, c’est le cœur qui procurait l’habileté à se défendre du mal, qu’il vienne des hommes ou des esprits, et seul un cœur cualli –ni paresseux, ni furieux – fournissait la capacité à agir et à réagir. Le cœur procurait aussi la faculté de sentir et de penser, les deux étant indissociables, et seul un cœur cualli –ni paresseux, ni furieux–dispensait la liberté d’agir en pleine conscience –à savoir ce que les frères nommaient libre-arbitre et qu’ils distinguaient, si étrangement, de ce qu’ils appelaient sensualidad. « Situent-ils le libre-arbitre dans la tête ou dans le cœur ? » se demanda-t-il.

Alonso savait maintenant comment il s’adresserait à l’ancien. In cualli iyôllô tetah, « le père au cœur équilibré », lui dirait-il, pour désigner el buen padre et in tetah tlahuêlîlôc, « le père excessif, furieux », pour désigner el padre malo110.

110

Códices Matritenses de la Real Academia, f. 104r.

Et le vieux fut en effet sensible à sa formulation : il mentionna donc le foie, dont il dit qu’il était lui aussi actif quand le cœur était cualli. Le cœur, situé au centre, dans la partie haute de l’homme, était indissociable du foie, situé au centre, dans la partie basse de l’homme. Ainsi le cœur et le foie agissaient de concert au centre de l’homme, de même que la lumière n’existait qu’en relation avec les ténèbres, et le ciel en relation avec le monde souterrain. « Il me faudra aller en parler aux médicos, tant traditionnels qu’occidentaux » se dit Alonso.

Tout allait donc pour le mieux au début de l’entretien mais peu à peu la lassitude gagna les participants : l’ancien, tout d’abord, qui peinait à trouver les mots avec ce questionnaire qui était formulé hors de toute situation réelle –« il donnerait bien plus de précisions et de mots sur les comportements humains s’il était en train de décrire le calendrier divinatoire », pensa Alonso– ; les collégiens qui menaient l’enquête, ensuite, car ils ne savaient comment aider le vieux ; Sahagún, enfin, qui n’obtenait pas les résultats désirés –la fameuse seine ne ratissait pas tous les poissons– mais que cela n’empêcherait pas de poursuivre sa tâche, jusqu’à la fin de son plan. Quant à la langue, elle se conformait à l’atmosphère générale : bien vite cualli et âmo cualli redevinrent les équivalents exacts de « bien » et de « mal ».

 
   
 

Sybille de Pury, Nouvelles du couvent, Tlatelolco, 1561—1563

[Marseille, Mars 2016]

   
 
   
 
   

La suite bientôt

 
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