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Carteles cubanos
   
 

Esta exposición de carteles cubanos ha sido posible gracias a Pepe Menéndez, diseñador y coleccionista, quien nos compartió el material visual contenido en el libro El cartel de la Revolución. Esos carteles, producidos entre 1959 y 1989, constituyen parte de las colecciones de sus editores. También hemos incluído algunos carteles curados por el mismo Pepe para la exposición Blink, que abarca el periodo 2000-2018.

Nuestra museografía, a partir de una selección del material mencionado, se despliega en 9 grupos temáticos: cartel político, propaganda social, cine, documentales, teatro/danza, música, deporte, eventos políticos y sociales.



 
A René Azcuy, in memoriam



Epílogo

A propósito de los carteles cubanos

Ónix Acevedo Frómeta


 
 
 
 
 
 

   
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A propósito de los carteles cubanos
 
     
 

Técnicamente el cartel es un área especializada dentro del diseño gráfico que suele montarse a caballo entre las demandas comunicacionales y la expresión artística: supone siempre un mensaje, un público receptor del mismo y una reproductibilidad técnica benjaminiana. Muchos de los carteles aquí expuestos se imprimieron en serigrafía en tirajes numerados (carteles de cine o teatro/danza, por ejemplo). Otros en offset, cuando se requerían tirajes masivos para llegar a los grandes grupos de personas (cartel político o propaganda social).

Aunque hoy se les coleccione como obras de arte, no hay que perder de vista que el cartel es respuesta a un requerimiento funcional comunicativo, de modo que si alguien hace un cartel por el puro placer de su “expresión personal”, estaremos frente a un producto que difícilmente puede llamársele con ese nombre. En el cartel, es el quehacer oficioso del diseñador quien lo empuja más allá de la vulgar línea de la difusión y la mera representación-comunicación en el espacio en blanco. Esto es: la capacidad de síntesis de un concepto visual llevada al campo gráfico con la menor, pero más expresiva, colección de recursos visuales. Para ello se requiere una habilidad singular sostenida en una práctica y una formación sólida, aunque no necesariamente en escuelas o academias, pero sí que ellas constituyen el espacio primario de adiestramiento y aprendizaje.

Sin dudas hoy el arte muerde fronteras y transversaliza conceptos e ideas, pero el diseño seguirá respetando ciertos bordes irreductibles: el cliente, el presupuesto, el mensaje y muchas veces también se nos exige cierta puesta en página. Los diseñadores no hacemos lo que queremos, si no lo que el cliente exige. El que el cartel llegue a considerarse “artístico” está tras haber logrado cumplir las exigencias del cliente, además de una expresión legible, clara y sensible del contenido, un ordenamiento gráfico/visual singular que resulta atractivo según la normalización estética de una época, aunado a las tendencias que la moda impone cada cierto tiempo.

Por ejemplo, es notable en la muestra que aquí exponemos, que en los años sesenta-setenta predominaba el blanco y negro con acentos de color, cierta economía en las plastas impresas, tipografías san serif, entre otros recursos. Mucho de ello respondía a que en Cuba, dada la carencia de recursos materiales, se evitaban los grandes coloridos.

Por otra parte, lo que se imprimía en serigrafía requería un trabajo artesanal minucioso para poder registrar varios colores en impresiones manuales. Es de notar el caso del cartel de Antonio Fernández Reboiro, Carmen. Alicia Alonso, el que requirió una enorme cantidad de positivos para imprimir sus numerosos colores con un encaje perfecto. Aquí estaríamos frente a una propuesta que resulta más extraordinaria desde el punto de vista de su producción/impresión, que la propia respuesta visual, la que aun siendo legible y atractiva, se debe más a la factura de su producción.

Aldo Menéndez, con el Taller de Serigrafía artística René Portocarrero, en la Habana Vieja, fue el epítome de la reproducción numerada de grabados y litografías, entre los que la cartelística tuvo un lugar especial y era la condición técnica de su reproducibilidad la que muchas veces condicionaba cierta resolución visual de un contenido.

El “estilo” es otro de los tópicos que con frecuencia topa frente al quehacer del diseñador en general y del cartelista en particular. No cabe duda de que hay modos de hacer que funcionan y que responden a una demanda singular. Por ejemplo, la producción de carteles de cine de René Azcuy, en los que puede reconocerse el trabajo de abstracción fotográfica en mancha negra, el punto de la trama y con detalles en rojo. En Azcuy la expresión gráfica de alta síntesis, junto a su ingenio para la elaboración de los conceptos gráficos constituye un paradigma en la cartelística no solo de su época.

La producción de Eduardo Muñoz Bachs, en el mismo “género” de cartel para cine, se muestra a través de la ilustración naïf, la que le dio identidad a toda su obra. Ahí se encuentra un trabajo muy cuidadoso en los balances de color, en el manejo de la tipografía –también ilustrada– y en el uso del plano gráfico con una solvencia tal que el encanto de sus carteles resulta absolutamente intemporal.

Es raro encontrar que estos dos diseñadores (Azcuy y Muñoz Bachs) incursionaran en otros ámbitos como el de propaganda social o el cartel político. Por ello resulta más plausible que el “estilo Azcuy” o el “estilo Bachs" se sostenga.

En el caso de Antonio Pérez Ñiko, como de Alfredo Rostgaard –por poner dos ejemplos icónicos–, se encuentra una diversidad temática y formal que no merma ni la semántica, ni la apuesta gráfica, más bien al contrario, se ve enriquecida para responder a cada cuestión singular.

Ñiko:

Rostgaard:

Cuando Pepe Menéndez y Laura Llópiz, Alejandro Rodríguez Alucho, Fabián Muñoz, Eric Silva –entre otros– hacen carteles para eventos políticos, culturales, propaganda social, entre otros, no se encuentra una “fórmula” detrás de su producción, sino que se puede observar la utilización de un amplísimo repertorio de recursos gráficos necesarios para lograr que el mensaje se produzca de la mejor manera. Estaríamos entonces en presencia de un producto que rebasa el lugar común, que anuda el concepto visual con el mensaje para el público específico, lo que junto a la calidad de su reproducción técnica y la excelencia gráfica, constituye un regalo valioso para el entorno urbano-social donde se emplaza.

Agradezco a Pepe Menéndez la gentileza de proporcionarnos el material visual para esta exposición. En Nepantla decidimos integrar la producción de los cubanos –desde el 1959 hasta el 2018– como un contínuum creativo, evidenciando que sus herramientas visuales y gráficas responden a las tendencias temporales propias del diseño en general y del cartel en particular. Se puede afirmar entonces que muchos de los diseños que pueden apreciarse aquí son una clara manifestación del ejercicio gráfico que se proyecta más allá del tiempo y el espacio, dando testimonio de la riqueza del cartel cubano que le ha ganado un lugar indiscutible en la taxonomía internacional del género.

 
Ónix Acevedo Frómeta, A propósito de los carteles cubanos
[Ciudad de México, abril de 2019.]
 
       
       
       
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Carteles cubanos
Exposición: Nepantla, 2019
Museografía: Ónix Acevedo Frómeta