Si me demoro en el umbral incierto,
si el dolor increíble me anonada,
si recuerdo la Máquina del Tiempo,
si recuerdo el tapiz del unicornio,
si cambio de postura mientras duermo,
si la memoria me devuelve un verso…
Jorge Luis Borges, Eclesiastés, 1-9
Cincuenta años separan estas imágenes de la mirada que vuelve hoy sobre ellas. No constituyen el registro sistemático de la elaboración del cantal ni restituyen intacto el recuerdo de quien las tomó. Leídas desde lo que vino después, dejan ver una temprana inquietud antropológica: por qué una práctica adopta una forma determinada y qué relaciones se anudan en los gestos con los que transformamos la materia. La serie muestra a un joven fotógrafo atento a las manos, los utensilios, la organización del trabajo, pero también a la luz escasa que los hace aparecer y desaparecer dentro del buron. En esa atención al hacer y a sus condiciones de visibilidad, se anuncia un camino que Marc seguiría durante décadas.
Hay un solo rostro legible en toda la serie; los demás están comidos por la sombra o fuera de foco. La cámara persigue las manos que agarran la vara, que voltean un cubo, que presionan la cuajada contra la tela. Entran y salen de la franja de luz que deja el ventanuco. Hubo una época (la conocí, hice mis propias impresiones) en que el contraste alto era casi una fe estética: forzar el grano, hundir los medios tonos, obligar al ojo a decidir entre lo que destaca y lo que se pierde. Marc trabajó ese contraste y el efecto, visto hoy, es que cada imagen se manifiesta en el límite de lo visible. En el buron de cantal casi todo es oscuridad, y la fotografía revela el tránsito entre lo visible y lo que la penumbra oculta. La leche cuaja, el suero se separa, la tomme se prensa, todo eso está ahí, pero no agota lo que las imágenes hacen: mientras registra un oficio, la cámara aprende la luz de ese lugar.
Un archivo que no está: cajas sin índice, sin orden explícito; lo que sobrevive lo hace por inercia. Estas fotos duraron porque el papel era bueno y porque nadie las tiró. Hay algo en esa supervivencia que se parece a cómo opera la memoria: guardamos sin saber que guardamos, y lo que persiste no es necesariamente lo que importa, sino lo que resiste.
Las digitalicé con el teléfono. Las nubes pasaban por el tragaluz y cada toma salía teñida de algún color, según el momento. El papel, curvado por décadas de humedad, no se aplanó bajo la pila de libros. Ya después, el trabajo para igualar los tonos, para obtener la profundidad del negro. La imagen que llega aquí no es la que Marc imprimió en su cuarto oscuro, como la que él imprimió no era la escena que vio, como la escena no era lo que aquellos hombres habrían contado de su propia jornada. Cada traslado cruza un umbral, pierde algo y añade algo. Lo que Nepantla recibe es la traducción de una serie: la luz se vuelve negativo; el negativo, copia; la copia queda en una caja; la caja reaparece como hallazgo; el hallazgo se organiza como archivo; el archivo se vuelve exposición. No hay una escena originaria recuperable; hay una continuidad de traducciones materiales que empieza en la leche y termina en los pixeles.